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La guerra por Groenlandia: de la compra fallida a la presión arancelaria

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Por Albert Fonse ()

Ottawa.- La idea de que Estados Unidos adquiera Groenlandia no surge de la nada ni es un capricho reciente. Desde el siglo XIX Washington ha mirado a la isla como una pieza estratégica del Ártico. Tras la Segunda Guerra Mundial ese interés se volvió explícito cuando la administración Truman intentó comprarla a Dinamarca, consciente de su valor militar y geopolítico en un mundo que entraba en la Guerra Fría.

Dinamarca dijo no, pero aun así Estados Unidos consolidó una presencia militar permanente que se mantiene hasta hoy. Con el deshielo acelerado del Ártico, la apertura de nuevas rutas marítimas y la presión de potencias rivales, el tema vuelve con más urgencia y menos romanticismo.

Cuando Donald Trump habló de adquirir Groenlandia muchos lo tomaron como una provocación. En realidad estaba reabriendo una conversación histórica que nunca se cerró. El problema es que el camino legal está lleno de obstáculos.

El presidente no puede comprar territorios por decisión propia. Necesita un acuerdo formal con Dinamarca, negociarlo como tratado internacional y lograr que dos tercios del Senado lo ratifiquen. Después de eso el Congreso tendría que aprobar una ley para incorporar ese territorio al sistema estadounidense. Sin Senado ni Congreso no hay trato posible.

Aranceles crecientes

En la ecuación actual hay un factor político adicional. Los republicanos controlan ambas cámaras del Congreso. Eso le da a Trump una posibilidad real, al menos como una idea a conciderarar, es de solicitar una autorización para el uso de la fuerza, lo que en la práctica equivaldría a declarar la guerra a Dinamarca.

Legalmente sería posible si el Congreso lo aprueba. Políticamente sería un escenario extremo, caótico y profundamente disruptivo. Ambos países forman parte de la OTAN. Un conflicto entre aliados rompería la arquitectura interna de la alianza, aunque nadie discute que Estados Unidos es el actor dominante dentro de ella, el hermano mayor por no decir el padre. Justamente por eso esta vía existe más como amenaza implícita que como opción real.

Antes de llegar a algo así aparece una variante mucho más realista y ya en marcha. La guerra arancelaria. En las últimas semanas Washington ha amenazado con imponer aranceles crecientes a productos europeos si no se abre una negociación seria en torno a Groenlandia. Bruselas respondió con reuniones de emergencia y advertencias de represalias. El conflicto ya no es hipotético. Está ocurriendo. No requiere declaraciones formales ni votos dramáticos. Se ejecuta rápido y golpea donde duele, el comercio.

Depende de los groenlandeses

En ese terreno la ventaja estructural es de Estados Unidos. El mercado estadounidense es más difícil de sustituir para Europa que el europeo para Estados Unidos. Sectores clave como la industria automotriz, la maquinaria pesada y la agroindustria europea dependen en gran medida del acceso a consumidores norteamericanos.

La Unión Europea, además, se mueve con lentitud por sus propias divisiones internas. No todos los países sienten a Groenlandia como una prioridad estratégica. Para Washington, en cambio, el Ártico es seguridad nacional. En una guerra arancelaria prolongada, Estados Unidos tiene más margen de presión, mayor capacidad de absorber costos y un objetivo más claro. La balanza se inclina hacia Washington.

La clave real sigue estando en Groenlandia. Los groenlandeses tienen reconocido el derecho a la autodeterminación. Si decidieran separarse de Dinamarca podrían hacerlo mediante un proceso político propio y un referéndum.

Ese paso tendría que ser aceptado por el parlamento danés. Solo después de una independencia formal podrían decidir asociarse o incorporarse a otro país. En ese punto Estados Unidos no estaría comprando una isla, estaría negociando con un pueblo soberano. Legalmente es posible. Políticamente dependería de que los groenlandeses vean beneficios reales.

Un tema militar

Ahí entra la opción más inteligente. Dinamarca no quiere vender. Insistir en la compra directa es estéril. La vía eficaz es la persuasión a largo plazo. Grandes campañas en Groenlandia que muestren un plan de desarrollo serio, respetuoso de la cultura inuit y de los deseos de la población. Infraestructura moderna, oportunidades económicas, conectividad e inversión real. El hecho de que toda la isla funcione prácticamente con apenas tres semáforos no es una burla, es una señal del enorme margen de crecimiento posible.

En ese marco la negociación puede volverse inrechazable. Junto a Marco Rubio, Trump puede avanzar hacia un punto intermedio. Estados Unidos no necesita poblar Groenlandia ni anexarla de inmediato. La necesita para seguridad. Desde la Segunda Guerra Mundial tiene prioridad militar en la isla y ese punto puede ampliarse. Aumento de la presencia militar, inversiones en defensa y una línea roja clara que excluya a China y Russia de cualquier presencia económica y mucho menos militar.

Ese equilibrio es el escenario más realista. Groenlandia conserva su isla y su identidad. Dinamarca mantiene la soberanía formal y la estabilidad política. Estados Unidos asegura el Ártico y su flanco norte sin disparar un tiro. Cuando la presión económica, la seguridad y el desarrollo se alinean, la geopolítica deja de ser imposición y se convierte en acuerdo. En este caso, todos ganan.

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