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La gimnástica retórica: Díaz-Canel y el arte de reescribir la dependencia

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- En una exhibición de revisionismo histórico digna de los manuales más finos de la propaganda, el presidente designado Miguel Díaz-Canel ofreció una nueva narrativa sobre la relación bilateral más crucial—y más tóxica—para la economía cubana en las últimas dos décadas.

Frente a las cámaras, en la cacareada coparescencia ante la prensa, con la serenidad de quien recita un guión ya gastado, negó rotundamente que la alianza con Venezuela hubiera sido una relación de dependencia. Según su relato, fue un intercambio multifacético, “cultural, económico y político”, que “trascendió” el mero interés material.

La afirmación, en su audacia, no es solo falsa; es un insulto a la inteligencia de cualquiera que haya observado el colapso energético y financiero de la isla cada vez que Caracas estornudaba.

El colmo del cinismo llegó cuando, intentando despejar cualquier sombra de parasitismo, aseguró que “Cuba no solo buscaba petróleo”. Acto seguido, procedió a reducir toda la compleja y opaca arquitectura de la colaboración a una simple transacción de bazar: Venezuela compensaba con energía los servicios médicos cubanos.

Esta ecuación milagrosamente balanceada omite, por supuesto, los miles de millones de dólares en petróleo subsidiado que sostuvieron la ficción económica castrista, las empresas mixtas controladas por militares cubanos, y el flujo de divisas que mantuvo a flote a la nomenclatura mientras el pueblo sufría escasez.

Reducir todo a un “trueque” de médicos por crudo es blanquear dos décadas de explotación mutua entre élites a costa de dos pueblos.

Relación con Venezuela

Pero la frase más reveladora, la que delata el pánico real tras la fachada de control, fue su admisión de que “la relación con Venezuela hay que construirla desde la situación presente”. Esta es la confesión no dicha: el modelo de subsistencia parásita se agotó.

El “presente” es la Venezuela post-Chávez y post-Maduro, un país exhausto, sometido a su propia crisis y realineado con Washington, que ya no está dispuesto ni es capaz de ser el cordón umbilical energético y financiero de La Habana. Díaz-Canel, al enunciar esa necesidad de empezar de nuevo, está admitiendo tácitamente el fracaso estrepitoso de la política exterior castrista, que hipotecó la soberanía nacional a la volatilidad de un régimen hermano.

Esta reinvención retórica no es diplomacia; es triage narrativo. Al reescribir la dependencia como “cooperación integral” y el colapso como un “nuevo punto de partida”, el régimen intenta hacer dos cosas: primero, evadir su responsabilidad histórica por haber amarrado el destino de Cuba a la suerte de una cleptocracia petrolera; y segundo, preparar el terreno psicológico para una austeridad aún más brutal, que ahora podrá ser explicada como los “desafíos” de una “nueva etapa” en las relaciones, en lugar de las consecuencias previsibles de su propia miopía estratégica.

En definitiva, la rueda de prensa no fue una aclaración, sino un acto de prestidigitación política. Mientras el pueblo cubano enfrenta apagones de 20 horas, una inflación devoradora y una diáspora masiva, su máximo portavoz se entretiene en negar lo evidente: que Cuba fue un satélite económico de Caracas, y que la implosión de ese vínculo es la causa directa de la agonía actual.

La “nueva relación” que propone construir desde las cenizas de la antigua no nace de la fortaleza, sino de la bancarrota total. Es el discurso de quien, habiendo quemado la casa, ahora pide crédito para comprar un cerillo, prometiendo que esta vez sí sabrá prender el fuego sin quemarse. La historia, sin embargo, sugiere que solo el pueblo terminará, una vez más, entre las llamas.

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