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Por Yeison Derulo
La Habana.- Ante el cúmulo de desgracias que golpean a la isla, miles de cubanos volvieron a hacer lo que históricamente hacen cuando ya no queda a quién reclamarle en la tierra: caminar hasta el Santuario de El Rincón, en Santiago de las Vegas, para pedirle auxilio a San Lázaro. Un pueblo cansado, enfermo y empobrecido, que cambia la queja por la súplica y deposita en la fe lo que el Estado no puede —o no quiere— garantizar.
Cada 16 y 17 de diciembre, pero con mayor intensidad en este último día, el camino hacia El Rincón se convierte en una procesión humana donde conviven el catolicismo y la santería afrocubana. San Lázaro, Babalú Ayé o simplemente “El Viejo”, es una de las figuras más veneradas del panteón espiritual cubano, asociado a la enfermedad, el sufrimiento y, paradójicamente, a la sanación. Vestidos de violeta, con velas, flores o promesas a cuestas, los fieles avanzan como pueden: caminando, arrastrándose o de rodillas, pagando favores concedidos o rogando por milagros urgentes.
La escena se repite año tras año, pero el contexto cambia y se vuelve cada vez más dramático. Esta vez, la peregrinación estuvo marcada por una epidemia simultánea de dengue y chikungunya que ha dejado decenas de muertos y miles de contagiados, reconocida oficialmente por las propias autoridades sanitarias. A eso se suma una crisis económica que ha desmantelado al sistema de salud, con hospitales sin recursos, farmacias vacías y médicos atados de manos. En ese escenario, no sorprende que muchos lleguen a El Rincón pidiendo, esencialmente, salud.
Familias enteras, niños con collares de santería, ancianos apoyados en bastones y jóvenes agotados por la caminata confluyen frente a la pequeña iglesia, donde sacerdotes ofrecen bendiciones y se celebran misas. Incluso el arzobispo de La Habana, Juan de la Caridad García, estuvo presente entre los fieles, confirmando el peso simbólico y social de una devoción que trasciende credos. “Ahora no tenemos medicinas, pero tenemos fe”, resumió una devota, en una frase que retrata con crudeza la realidad del país.
En la tradición afrocubana, Babalú Ayé sincretiza con el Lázaro pobre, enfermo y marginado, seguido por perros y cubierto de llagas, una imagen que hoy parece dialogar demasiado bien con la Cuba actual. Al final, eso es El Rincón estos días: un espejo de la desesperación colectiva, donde un país entero, sin respuestas terrenales, se arrodilla ante sus santos esperando un milagro.