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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- La agencia de noticias Prensa Latina despliega a diario una operación de saturación informativa tan predecible como falaz. Su titular diario es una variación del mismo mantra: “Solidaridad en [país aleatorio] condena asedio energético de EEUU a Cuba”. Ya sea Mauricio, Ecuador, Filipinas o una ciudad alemana, el patrón es idéntico: presentar una condena global unánime y espontánea contra la política exterior norteamericana, pintando al gobierno cubano como una víctima virtuosa que “hace todo lo posible” ante adversidades externas.
Esta narrativa, repetida hasta la náusea, constituye el núcleo de su propaganda, diseñada para crear la ilusión de un respaldo internacional masivo a la dictadura.
Detrás de cada uno de estos comunicados no hay un movimiento popular genuino, sino la maquinaria bien aceitada del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista y su brazo internacional.

Los firmantes son, invariablemente, los mismos grupos de “amistad” o “solidaridad” creados, financiados y controlados desde las misiones diplomáticas cubanas en el exterior. Se trata de tres, cuatro o una docena de personas, miembros de estructuras satélites cuya supervivencia depende de su lealtad al régimen.
Su “solidaridad” es una moneda de cambio: a cambio de emitir el comunicado de turno, reciben viajes pagados a la isla para eventos controlados, promesas de acceso que ya nadie cree, o simplemente mantienen un mínimo de relevancia dentro de un circuito cerrado de favores políticos.
Mientras construye este espejismo de apoyo global, Prensa Latina sistemáticamente omite la realidad cubana. Su cobertura es un blackout informativo sobre el hambre que recorre la isla, los hospitales en ruinas, la diáspora médica que ha dejado los consultorios vacíos, el transporte colapsado, los más de mil presos políticos y la represión cotidiana del Ministerio del Interior.
La agencia, que se autoproclama voz de los sin voz, se ha convertido en el megáfono oficial del silenciamiento, priorizando la farsa de un mitin en Nepal sobre la tragedia de una madre haciendo cola 12 horas por comida en Santiago de Cuba.

Esta desconexión grotesca entre su narrativa y la realidad es paralela a la decadencia material de la propia agencia. Prensa Latina, cada vez en peor estado financiero, a menudo no tiene fondos para pagar los salarios de sus corresponsales en el extranjero. Su sede central en La Habana, ya no en el mismo edificio que fue símbolo de alcance internacional, se cae literalmente a pedazos, con alto riesgo de derrumbe, en una metáfora perfecta del castrismo: una fachada agrietada que intenta proyectar fuerza mientras se desmorona por dentro.
Por ello, el fin del castrismo, que cada vez parece más próximo al doblar la esquina de la historia, marcará inevitablemente el ocaso de Prensa Latina. Su razón de ser no es el periodismo, sino la lealtad; no informar, sino adoctrinar. Está repleta no de periodistas serios y responsables con su pueblo, sino de voceros del régimen, burócratas de la palabra que confundieron el servilismo con la profesión.
El día después de la dictadura, no habrá espacio para una agencia de noticias cuyo principal producto era la mitología oficial.
La agonía de Prensa Latina será, por tanto, un síntoma de la recuperación de Cuba. Su desaparición cerrará un capítulo de intoxicación masiva y abrirá la posibilidad de que, por fin, surjan medios que sí narren la complejidad de la isla, que den voz a su pueblo sufriente y que se atrevan a nombrar la realidad, sin filtros ni consignas.
Su final no será una pérdida para el periodismo, sino una liberación necesaria para que la verdadera información, por primera vez en décadas, pueda respirar en Cuba. Y en ese mismo saco entrarán Granma, Cubadebate y todos esos que intentaron lavar -o lavaron- el rostro del régimen.