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Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- El régimen cubano volvió a mentir ante la comunidad internacional. En una reciente intervención ante la UNICEF, su representante aseguró que no existe gobierno en el mundo con mayor responsabilidad hacia la niñez y la adolescencia que Cuba. Pero esa afirmación no resiste el más mínimo contraste con la realidad.
Cuba es el único país donde el Estado le retira la leche normada a los niños a los siete años. No es una consigna, es un hecho comprobable por cualquier familia cubana. Mientras se habla de “protección a la infancia” en foros internacionales, dentro de la isla los padres saben lo que significa ver desaparecer de la libreta un alimento esencial.
Pero el problema no es solo material. Es también espiritual y moral. Desde el círculo infantil, los niños son sometidos a un proceso sistemático de adoctrinamiento. Se les moldea la mente antes de que puedan desarrollar pensamiento propio.
Se minimizan o ridiculizan las creencias familiares y religiosas, mientras se exalta una ideología política como verdad absoluta. Para muchos niños en Cuba, Dios no ocupa espacio alguno en la narrativa oficial; en cambio, la figura de Fidel Castro y la “Revolución” se presentan como referentes supremos.
No hay espacio para la inocencia sin consignas. En la primaria les colocan la pañoleta roja y cada mañana deben repetir: “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”, en alusión a Che Guevara. La infancia se convierte así en terreno político.
En la secundaria, los envían a trabajos agrícolas sin remuneración, muchas veces en condiciones precarias y con alimentación deficiente. Y cuando llegan a la universidad, la presión ideológica se vuelve explícita: para acceder y permanecer en la educación superior deben demostrar lealtad política.
No es un secreto la frase repetida durante décadas por el poder: “La Universidad es solo para los revolucionarios”.
¿Ese es el modelo de mayor responsabilidad hacia la niñez? Un país donde los niños no pueden expresarse libremente, donde la educación está condicionada a la ideología y donde incluso los alimentos básicos son racionados y retirados por decreto, no puede presentarse ante el mundo como ejemplo de protección infantil.
La infancia no debería ser instrumento político. Debería ser sinónimo de libertad, de oportunidades reales, de respeto a la familia y a la conciencia individual. La verdad, aunque intenten maquillarla ante organismos internacionales, siempre termina imponiéndose.
Porque los niños no nacen para ser castristas, nacen para ser felices, pero si los que nacen en Cuba y son adoctrinados, pueden llegar a ser la esperanza del mundo, bonita esperanza le espera al mundo.