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Por Jorge Sotero () La notificación oficial de la suspensión de suministro de Jet Fuel por un mes, comunicada de manera telegráfica a las aerolíneas, no es una medida logística más; es el acta de defunción técnica del turismo como motor de ingresos para Cuba en el corto y mediano plazo.
La orden, que obligará a las aerolíneas de largo alcance a realizar escalas técnicas en otros países del Caribe para repostar, convierte cada vuelo a La Habana en una operación antieconómica y logísticamente absurda.
Ante este escenario, compañías europeas como Air France ya han activado protocolos de contingencia, pero la lógica comercial dicta un próximo paso inevitable: la suspensión masiva de frecuencias. La Isla, que ya padecía una conectividad aérea precaria, se dispone a cortar sus últimas venas abiertas al principal mercado turístico europeo.
El impacto será catastrófico y asimétrico. Golpeará con especial saña al segmento ruso, que en los últimos años se había erigido como el segundo emisor tras Canadá, un mercado de volumen masivo, bajo costo y alta dependencia de vuelos chárteres directos.
Estos vuelos, que operan con márgenes estrechísimos, son absolutamente inviables con una escala técnica intermedia. Su colapso no representa solo la pérdida de cientos de miles de turistas, sino el derrumbe de toda una infraestructura hotelera de baja y media gama en polos como Varadero y Cayo Coco, diseñada y mantenida con ese flujo específico en mente. El vacío que dejarán los turistas rusos será un boquete imposible de llenar.
Esta crisis aeronáutica es la consecuencia directa y previsible de la debacle energética total que sufre el país. La narrativa oficial, articulada por el viceprimer ministro Oscar Pérez-Oliva Fraga, busca enmarcarla como un sacrificio temporal para “salvaguardar las actividades fundamentales que generan divisas”.
Sin embargo, la paradoja es letal: al estrangular el turismo —la actividad que por antonomasia genera divisas— para ahorrar combustible, el gobierno está amputando la extremidad que podría, en teoría, financiar una solución. Se sacrifica la gallina de los huevos de oro argumentando que no hay maíz para alimentarla, en un círculo vicioso de autodestrucción económica.
El origen de la asfixia, como bien señala La Habana, es multifactorial pero tiene un epicentro claro: el colapso final del subsidio petrolero venezolano tras la caída de Maduro, y la presión extrema ejercida por la administración Trump, que ha logrado cerrar el grifo alternativo mexicano y amenaza con sanciones secundarias a cualquier proveedor.
La medida de Washington va más allá del embargo tradicional; es una ingeniería de estrangulamiento logístico diseñada para provocar el colapso de los nodos críticos de la economía cubana, siendo la aviación uno de los más vulnerables y simbólicos.
A medio plazo, lo que le espera a Cuba es una regresión acelerada a un aislamiento que se creía superado. El mapa de conexiones aéreas, laboriosamente reconstruido en la última década, se reducirá a escombros. Solo podrán mantener operaciones irregulares aquellas aerolíneas con una motivación política o de nicho que supere la inconveniencia económica, y algunas conexiones regionales puntuales.
El turismo se contraerá a niveles de los años 90, con el agravante de que ahora no existe un “compañero” petrolero que rescate a la economía. La industria, ya de por sí maltrecha por la falta de inversión y mantenimiento, enfrentará un invierno del que muchas instalaciones no podrán levantarse.
El gobierno, por su parte, se verá forzado a una reingeniería de supervivencia. El discurso se endurecerá, culpando a “el bloqueo” por cada vuelo cancelado y cada hotel vacío, mientras internamente se priorizará el combustible para el control social y la producción alimentaria básica, esta última ya en estado crítico.
El turismo, ese proyecto de integración al mundo y fuente de divisas que durante décadas fue bandera, queda así suspendido no por una crisis pasajera, sino por el fracaso estructural de un modelo que no pudo crear resiliencia ni independencia real, y que ahora naufraga a la vista de todos en la pista de un aeropuerto desabastecido.
La era de los vuelos directos ha terminado. Cuba vuelve a ser, literalmente, una isla inalcanzable.