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Por Oscar Durán

La Habana.- Cuando murió Fidel Castro, el hoy presidente de Chile, Gabriel Boric, escribió en X aquello de “yo me muero, como viví, mis respetos comandante”. Esas fueron sus palabras textuales. Era más joven, inflamable y coherente con una izquierda Latinoamericana que todavía romantizaba la épica sin mirar los escombros.

Años después, ya instalado en Palacio de La Moneda, el mismo Boric dijo en CNN Chile que Cuba es una dictadura y que Fidel fue, evidentemente, un dictador. Tres veces lo repitió, como quien necesita convencerse a sí mismo de que ha cruzado una línea sin retorno. La política, ya sabemos, es ese arte de tragarse las palabras sin atragantarse.

Ahora anuncia ayuda humanitaria para Cuba, justo después de que Lautaro Carmona, presidente del Partido Comunista de Chile, regresara de la isla con la crónica de una miseria que ya no cabe debajo de la alfombra ideológica.

Nadie descubre América cuando habla del hambre en Cuba; lo que sorprende es la sincronía. Boric reconoce la naturaleza dictatorial del régimen, pero al mismo tiempo activa el salvavidas diplomático. ¿Convicción humanitaria o equilibrio forzado dentro de su coalición? La pregunta no es malintencionada, es política.

Si algo ha dejado claro el propio Boric es que no compra el relato épico del castrismo. Ha hablado del bloqueo de Estados Unidos como una política criminal, sí, pero también ha dicho que en Cuba no hay democracia. Esa doble lectura lo coloca en una cuerda floja permanente: criticar a Washington sin blanquear a La Habana.

El problema es que la política exterior no se mide solo por declaraciones, sino por gestos. Y enviar ayuda a un régimen que él mismo califica como dictadura exige una explicación más robusta que el simple “solidaridad con el pueblo”.

No olvidemos -vale la pena recordarlo- el episodio de las ciberclarias. Cuando Boric llamó dictadura a Cuba, desde la isla y desde el exilio oficialista se le fueron encima. El propio Bruno Rodríguez Parrilla marcó distancia con elegancia diplomática y veneno implícito cuando le dijo oportunista político al mandatario chileno.

Hoy, con este anuncio, más de uno en el aparato castrista debe estar afinando el discurso para convertir la ayuda chilena en victoria simbólica. La narrativa será sencilla: hasta quienes nos critican terminan auxiliándonos. Y así, la propaganda hace su agosto.

Ojalá esa ayuda llegue al cubano de a pie, al que hace colas infinitas y cocina con leña cuando se va la luz. Ojalá no termine en los almacenes militares ni en las vitrinas del poder. La tragedia cubana no es solo económica; es estructural y política. Boric ha dado pasos para diferenciarse de la izquierda acrítica, pero mientras no haya una posición más nítida frente al régimen, seguirá enviando señales ambiguas. Y en política, como en la vida, las ambigüedades casi siempre las capitaliza el más cínico.

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