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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- En el Gran Teatro Nacional de la Crisis Permanente, el Ministerio del Comercio Interior ha decidido inaugurar una nueva función: el desmentido de parodias. Su última hazaña burocrática no fue anunciar la llegada de comida, sino salir a negar, con el ceño fruncido de la solemnidad estatal, una noticia publicada en una página de sátira llamada El Lumpen.
El hecho en sí mismo es revelador: el gobierno ya no solo combate la escasez, sino también el humor. Y está perdiendo en ambos frentes. Cuando un ministerio dedica sus energías a aclarar que no ha dicho algo que un sitio de chistes inventó, es porque el delirio ha dejado de ser una patología para convertirse en política pública.
La nota que motivó este arrebato de seriedad ministerial era, por supuesto, una joya del absurdo criollo. En ella, El Lumpen «informaba» que, en caso de guerra, cada combatiente debería llevar su propia comida, «preferiblemente en formato no perecedero», porque el país no tiene recursos.
La nota era un fino bisturí de ironía que diseccionaba tres verdades nacionales: la hambruna generalizada, el colapso logístico del Estado y la retórica marcial hueca que exige sacrificios heroicos a una población exhausta. Era tan buena, tan precisa en su exageración, que rayaba en lo verosímil. Ahí residía su peligrosidad: en un país donde lo real supera a la ficción, la sátira puede confundirse con un boletín oficial.
Ante este peligroso ataque humorístico, el MINCIN no podía quedarse de brazos cruzados. Movilizó a su departamento de comunicaciones (suponiendo que exista) para lanzar un escueto y adusto desmentido. «Es falsa la noticia», sentenció, «exhortamos a la población a mantenerse informada mediante los canales oficiales».

La frase tiene el aroma rancio de otros desmentidos célebres: los que negaban la caída del Muro de Berlín, los que aseguraban que el Maleconazo era una fiesta popular. El instinto es siempre el mismo: si la realidad es insoportable y la burla la refleja, ataquemos a la burla. No vaya a ser que alguien, entre carcajada y carcajada, termine creyéndose lo obvio.
Pero este episodio no es una anécdota menor; es un síntoma de la esquizofrenia terminal del poder. Un Estado que no puede garantizar un pollo o una pastilla, se erige en garante de la Verdad frente a un meme. Mientras las redes sociales hierven con el verdadero desastre —fotos de anaqueles vacíos, quejas por apagones de 20 horas, relatos de la desesperación en los hospitales—, el aparato elige batallar contra un fantasma cómico. Es una confesión involuntaria: le duele más el ridículo que la ruina, teme más a la risa que al hambre.
Lo más profundo, sin embargo, es lo que el desmentido no dice. No aclara cuál es el plan del Ministerio para alimentar a la población —o a un ejército— en un escenario de crisis real. No ofrece datos sobre reservas, logística o protocolos. Su única función fue marcar un límite en el aire: «Hasta aquí pueden reírse». Pero en la Cuba de hoy, donde el chiste es el último recurso terapéutico de un pueblo sitiado por su propio gobierno, esa orden es tan inútil como pedirle a la gente que no tenga hambre. La risa, como el hambre, ya es un dato estructural.
Al final, el ministerio logró lo contrario de lo que buscaba. Al desmentir la parodia, le dio más vitrina, más solemnidad y todavía más de la difusión que El Lumpen ha alcanzado por sí solo. Convirtió un chiste en un tema de estado. Y dejó flotando en el aire la pregunta que ningún canal oficial podrá aclarar: si un día Cuba realmente tuviera que defenderse de algo más que de su propia miseria, ¿quién alimentaría a sus defensores?
La respuesta, a juzgar por el pánico ante una sátira, parece ser la misma que da el chiste: cada cual con su lata de lo que pueda encontrar. El gobierno, entre tanto, seguirá ocupado en su guerra más crucial: la que libra, patéticamente, contra los memes.