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Por Datos Históricos
La Habana.- Los estudiantes de medicina votaron para admitirla solo por diversión, imaginando que sería entretenido ver qué ocurría. Dos años después, esa “broma” se convirtió en la primera médica de Estados Unidos.
Su nombre era Elizabeth Blackwell, y nada en su camino fue casualidad. Nació en Inglaterra en 1821, en una familia que creía en algo escandaloso para la época: que las niñas debían estudiar.
Cuando su familia emigró a Estados Unidos y su padre murió, Elizabeth comenzó a trabajar como maestra para sostener a sus hermanos. Era buena. Podría haberse quedado allí, segura, discreta, invisible, pero la confesión de una amiga lo cambió todo: había sufrido en silencio porque no pudo hablar con una doctora.
En ese momento, Elizabeth entendió que la medicina necesitaba mujeres. Y decidió ser la primera. Las puertas se cerraron una tras otra. Veintinueve rechazos, algunas escuelas la ignoraron. Otras se burlaron de la idea.
Algunas le dijeron directamente que la medicina no era un lugar para ella, pero cuando la vocación pesa más que el miedo, se sigue caminando. Hasta que llegó la Facultad de Medicina de Ginebra, en Nueva York.
El profesorado no quería admitirla, pero tampoco quería asumir la responsabilidad de rechazarla. Así que delegaron la decisión en los estudiantes, quienes, entre risas, votaron unánimemente a favor. La broma terminó el día que Elizabeth entró por la puerta en noviembre de 1847. Una mujer sola, en un aula repleta de miradas incrédulas. El silencio fue inmediato.
Después llegaron los murmullos, las sonrisas mal disimuladas, los comentarios cargados de prejuicio. Muchos pacientes se negaban a recibir tratamiento si ella estaba presente. Pero Elizabeth no retrocedió. Se sentó en primera fila, abrió su cuaderno y trabajó con una disciplina feroz.
En segundo año, quienes antes se reían ahora trataban de seguir su ritmo. Los profesores empezaron a reconocer su talento. Ella crecía, incluso cuando todo a su alrededor intentaba detenerla.
El 23 de enero de 1849, Elizabeth Blackwell subió al escenario como la mejor de su clase. El rector dijo ante todos: “Nos ha demostrado que una mujer puede dominar la ciencia de la medicina”.
La misma sala que la había recibido con burlas se puso de pie para aplaudirla. Su historia no terminó allí. Sin encontrar trabajo en hospitales dirigidos por hombres, decidió crear su propio camino.En 1857 fundó el Hospital de Mujeres y Niños de Nueva York junto a su hermana Emily, un espacio atendido por mujeres, para mujeres, que formaría a la siguiente generación de médicas.
Más tarde contribuyó a crear la primera escuela de medicina para mujeres en Europa. Dedicó su vida a construir un mundo donde las mujeres científicas no fueran excepciones, sino pilares.
Escribió, enseñó, impulsó, abrió puertas que otros se empeñaban en mantener cerradas. Cuando murió en 1910, a los ochenta y nueve años, miles de mujeres ya caminaban por los pasillos de las facultades de medicina.
Seguían enfrentando prejuicios, sí, pero la puerta ya estaba abierta. Ella la había derribado.
Hoy, más de la mitad de los estudiantes de medicina en Estados Unidos son mujeres. Dirigen hospitales. Entran en quirófanos. Salvan vidas. Hacen lo que un día les dijeron que no podían hacer.
Cada bata blanca que viste una mujer lleva un rastro invisible que nos conduce a Elizabeth Blackwell entrando sola en aquel aula en 1847. Molesta. Inesperada. Imparable.
Veintinueve escuelas dijeron no. Una dijo sí como un juego. Elizabeth Blackwell convirtió esa burla en un legado. Y reclamó la palabra que el mundo insistía en negarle: doctora