Por Max Astudillo ()
Hezbolá no es un grupo armado libanés. Es un proyecto iraní. Nació en 1982 de las entrañas de la Guardia Revolucionaria Islámica, que parió por cesárea geopolítica para luchar contra la invasión israelí del Líbano. Desde entonces, su ADN no ha cambiado: responde a Teherán, no a Beirut. Su lema no es la defensa del Líbano, sino la lealtad al Líder Supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei.
La ideología chií del «Velayat-e Faqih» (el gobierno del jurisprudente islámico) no es una declaración de principios teológicos, es una cadena que ata el destino de miles de combatientes libaneses a los intereses de una teocracia persa.
El vínculo financiero es tan obsceno como efectivo. Irán inyecta cientos de millones de dólares al año en las arcas de Hezbolá. Paga salarios, financia armamento, construye infraestructura y sostiene una red de servicios sociales que el Estado libanés, por débil o corrupto, no puede ofrecer.
Esto no es solidaridad, es compra de lealtades. Hezbolá es, en esencia, un «proxy» de lujo: el brazo armado de Irán en el Mediterráneo, una pieza en el tablero del «Eje de la Resistencia» que incluyó al régimen sirio de Bashar al-Assad en su momento, a los hutíes en Yemen y las milicias chiíes en Irak. Y la pregunta incómoda es: ¿por qué el gobierno libanés permite que un grupo armado extranjero tenga más poder que su propio ejército?
Líbano no puede hacer nada
La respuesta es tan cínica como realista: el Líbano es un Estado fallido. Su sistema político, basado en un frágil equilibrio sectario, no tiene la fuerza ni la voluntad para enfrentar a Hezbolá. La milicia chií no solo es la facción armada más poderosa del país, sino que también es un partido político con representación en el Parlamento y en el gobierno.
En un país donde las lealtades sectarias pesan más que la identidad nacional, desarmar a Hezbolá no es una opción militar, es una sentencia de muerte política para cualquier líder que lo intente. El ejército libanés, infrafinanciado y fragmentado, no puede competir con la maquinaria de guerra que Irán ha construido en el sur del Líbano.
Además, existe un cálculo estratégico perverso: muchos sectores en Líbano, incluidos algunos cristianos y suníes, han tolerado a Hezbolá como un mal necesario frente a Israel. La milicia es vista como la única fuerza capaz de disuadir una agresión israelí, aunque esa disuasión se pague con la sumisión a Irán.
Es la lógica del «enemigo de mi enemigo es mi amigo», una lógica que ha convertido al Líbano en un campo de batalla de potencias extranjeras: Irán por un lado, Arabia Saudita y Occidente por el otro. El resultado: un país en coma geopolítico, donde las decisiones se toman en Teherán, no en Beirut.
Irán-Hezbolá, necesidades mutuas
El gobierno libanés no permite a Hezbolá; lo tolera porque no puede hacer otra cosa. Cualquier intento de desarmar a la milicia desataría una guerra civil que nadie está dispuesto a librar. Así que el Líbano sigue siendo un huésped de su propio territorio, mientras Irán refuerza su presencia, construye fábricas de misiles en el valle de la Bekaa y convierte el sur del país en una plataforma de lanzamiento contra Israel.
La soberanía libanesa es una ficción, un decorado para una obra escrita en persa y representada en árabe.
Al final, el vínculo entre Irán y Hezbolá no es solo una alianza. Es una simbiosis parasitaria. Irán necesita a Hezbolá para proyectar poder, para disuadir a Israel, hasta que los israelíes atacan, como ahora por ejemplo, para mantener vivo su sueño de liderazgo regional.
Hezbolá, en cambio, necesita a Irán para sobrevivir, para armarse, para pagar a sus soldados. Y el Líbano, atrapado en medio, sigue pagando el precio: con su estabilidad, con su economía, con la vida de sus ciudadanos. Hasta que alguien, algún día, decida que ya es suficiente.
Por eso, no es de extrañar que ahora Irán insista en que los ataques de Israel contra la guerrilla chiíta en el sur del Líbano es una violación de los acuerdos de paz. Solo porque ven a la referida milicia como algo suyo. Y en eso tienen razón.
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