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Por Anette Espinosa

Camagüey.- Hay países que presentan al mundo robots quirúrgicos, inteligencia artificial aplicada a la medicina o equipos de última generación. En Cuba, en cambio, hacen un Foro de Ciencia y Técnica para celebrar que lograron revivir unas autoclaves cambiándoles todo lo que traían de fábrica.

El periódico Adelante lo cuenta con un orgullo conmovedor, como si la NASA hubiera aterrizado en Camagüey. En realidad, lo único que demuestra la noticia es que los hospitales llevan tantos años abandonados que reparar un equipo viejo ya califica como un descubrimiento científico.

La frase más divertida del artículo es aquella donde el director explica que «hemos quitado totalmente el sistema electrónico de fábrica y montado uno nuevo». Traducido al lenguaje del cubano de a pie: el aparato original estaba tan destruido que hubo que inventarlo otra vez. Y eso, en lugar de provocar vergüenza por décadas sin mantenimiento ni inversiones, termina convertido en una medalla para la revolución. Es como si un mecánico presumiera de haber reconstruido un Lada del año ’78 y el Gobierno lo nominara al Premio Nobel de Ingeniería.

Después aparecen los sillones estomatológicos. Como ya no sirven los sistemas hidráulicos originales, decidieron convertirlos en eléctricos con motores fabricados por ellos mismos. No dudo del talento de los ingenieros; al contrario, bastante hacen con los cuatro hierros y dos cables que les deja el Estado. Lo ridículo es que el régimen venda esa necesidad como una hazaña científica. No innovan porque quieran avanzar; innovan porque hace años dejaron de comprar equipos nuevos y ahora no les queda más remedio que fabricar milagros con piezas recicladas.

Y, por supuesto, la cereza del pastel: los proyectos ganaron premios y representarán a la provincia en un evento nacional en 2026. Es decir, el país entero se reunirá para aplaudir cómo lograron mantener respirando unos equipos que en cualquier hospital medianamente serio ya estarían hace veinte años en un museo. Mientras tanto, los pacientes siguen llevando jeringuillas, sábanas, bombillos y hasta el café para los acompañantes.

Lo verdaderamente admirable no es el Foro de Ciencia y Técnica. Lo admirable es el personal médico cubano, que trabaja todos los días en hospitales donde la creatividad sustituyó a la inversión y el ingenio reemplazó al presupuesto. Esa sí es la gran «innovación» de la dictadura: convencer a la gente de que remendar la miseria es un logro científico.

Y mientras entregan diplomas por inventar motores para sillones de hace medio siglo, los hospitales continúan esperando la verdadera innovación: que algún día llegue un equipo nuevo sin necesidad de convertir un pedazo de chatarra en motivo de celebración nacional.

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