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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Comenzó el alza, silenciosa y brutal, como un golpe bajo al bolsillo ya vacío. No fue un anuncio en la televisión, sino un susurro de desesperación en la cola de la bodega: «No hay pan». Esa frase, simple, es el detonante de todo. Al desaparecer el pan de la libreta, el único acceso para la mayoría, la necesidad se convirtióó en negocio.
De la noche a la mañana, el pan en las mypimes se volvió un lujo, y la harina, un artículo de especulación. Lo que el Estado dejó de garantizar, el mercado del hambre lo aprovechó para multiplicar su precio. Es la primera consecuencia palpable, la que se siente en el estómago antes de leerla en un parte oficial.
Pero el virus de la carestía no se quedó en la panadería. Se propagó. En Matanzas, un galón de leche pasó de 800 a mil pesos en cuestión de horas. No hay explicación de productores, no hay una tormenta que justifique el salto. Es la lógica pura del sálvese quien pueda y venda al precio que el desesperado pueda pagar.
En las tiendas en divisas, el panorama es aún más surrealista. A los precios estratosféricos de siempre—esos que convierten una compra básica en una epopeya—, ahora le han agregado «un poco» más. Un poco que duele, como si los estantes no estuvieran en Centro Habana, sino en los mercados gourmet de Tokio, y los clientes fuéramos turistas con euros, no cubanos con salarios de miseria.
La ola golpeó luego a las mipymes, esos supuestos baluartes de un nuevo dinamismo. El arroz, el azúcar, el aceite y el café, los pilares de cualquier cocina cubana, subieron de precio al unísono. La justificación es un coro repetido hasta el cansancio: «Es que a nosotros también nos subió todo». El proveedor subió, el transportista cobró el doble, el impuesto pesa, la electricidad es una ruleta rusa.
Es la espiral inflacionaria en su estado más puro y cruel: una cadena de sobrevivencia donde cada eslabón traslada su agonía al siguiente, hasta que el costo final cae, como una losa, sobre el ciudadano de a pie.
Y en el centro de este huracán de precios, está la gasolina. Un taxista me lo resumió con el humor ácido que da la impotencia: «La gasolina anda cerca de los dos mil el litro, pero a mí qué me cuentas, si mi máquina es eléctrica».
Su comentario esconde la verdadera bomba: el combustible, la sangre de toda economía, se ha convertido en un producto casi inalcanzable. Esto no es un ajuste; es el paro cardíaco programado del transporte, de la distribución, de la posibilidad misma de mover mercancías y personas. Es la medida que estrangula a todas las demás.
Estas no son «dificultades económicas». Son las consecuencias directas, calculadas y previsibles, de las medidas tomadas por un régimen que prioriza el control sobre la vida. Es el castrismo en su esencia más práctica: un mecanismo que genera escasez para luego administrar la miseria, mientras culpa a un bloqueo exterior que no explica por qué el litro de leche subió 200 pesos de un día para otro en Matanzas.
Es el mismo sistema que muchos, desde la comodidad de la ideología o el privilegio, aún defienden y luchan por eternizar, aunque eso signifique condenar a un pueblo a decidir entre comer o dormir una y otra vez con el estómago vacío.
Ah, y en medio de este desbarajuste donde el pueblo aprieta el cinturón hasta ahogarse, la noticia curiosa: Sandro Castro, el nieto, ya no pide Cristash. Ahora su pedido es una «Cuba Libre». No sé si se refiere al cóctel o al sueño que le robaron a su abuelo. Pero en las calles, la única Cuba Libre que la gente anhela es la que les permita vivir sin tener que calcular, con terror, el precio del pan de mañana.