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Huellas en el Vino: Un Cruce por la Memoria y los Andes

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Por Renay Chinea ()

Barcelona. – Hace algunos años me fui para Buenos Aires. Y de allí me dio por irme a Mendoza. Y estando en Mendoza, me dio por largarme a Chile. ¡Me da a veces por eso! Esta crónica llevó años queriendo escribirla. Dándole vueltas en la memoria. Déjame ponerla por aquí, no sea que llegue el Alzheimer.

En esa larga huida hacia todas las partes, en que me escapo de la noche castrista que arruinó la patria, fui a parar a un diminuto, casi irrelevante, rincón de Sudamérica.

Y me vas a perdonar que me obsesionen los adjetivos en línea. Es muy probablemente mi inseguridad, así que le pido sea indulgente.

Estaba yo en la ciudad argentina de Mendoza, porque cuando uno siente que la brújula es difusa, que uno no sabe a dónde ir, sigue la ruta del vino.

In vino veritas: la verdad está en el vino. “Oh thou invisible spirit (…) if thou hast no name to be called by, let’s call thee, devil…”.

En el vino se juntan la alegría, diez mil años de agricultura y ochocientos de botánica fina. Todo para calmar el desasosiego.

Mendoza es el reino de una uva tinta que huyó de Francia, cruzó en las alforjas de una mula los Andes y halló un reino al otro lado de la cordillera, en dirección contraria a la que llevo ahora.

Un comerciante quiso comprar caballos y trajo unos esquejes desde Chile, de una uva de Cahors con no muy buena reputación.

Era una variedad de Occitania, donde apenas se usaba para colorear los caldos y le decían “mal a bouche”, término devenido luego en Malbec.

Ahora se ensancha ante mí un espectáculo de líneas de parras que pretenden escalar el horizonte y conquistar las altas cumbres.

Lo primero que hicieron los sumerios al fundar una ciudad fue inventar el agua, y así nacieron las acequias. En el Magreb y Al-Ándalus, discurren entre olivares y palmeras irrigando los oasis y propiciando el milagro en diques pequeñitos que a menudo parecen un juguete de niños.

En Mendoza se escucha el susurro del agua en cada calle, mientras la acequia moja las raíces de las acacias gigantes y sigue de largo más allá para abrevar la sed de unos viñedos que resaltan en el paisaje árido de las montañas secas.

Mirando un mapa, en una habitación de hotel, con novia pero aún sin hijos, seguí la estrecha línea del río de Las Vacas, que baja correntoso y alegre desde los picos más altos de los Andes, muy cerca ya de la frontera con Chile.

Le di un sorbo sostenido a mi Malbec y le dije:

—Es astringente, es especiado, es la única bebida alcohólica que hace pensar que es hija de una fruta.
Y le solté:

—Mañana o pasado o traspasado… un día de estos, vámonos a Chile. Quiero ir a Chile.

Y ella abrió la ventana de la habitación de madera. De algún modo, las copas de los fresnos dejaban ver las montañas altas.

—Pues nos vamos —dijo, y se quedó mirando el kepis blanco de la nieve sobre el Cordón del Plata, que es como le dicen al collado de los Andes.

Al salir de Mendoza pasamos por el imponente embalse de Potrerillos, un pulmón hídrico que retiene y espacia los regímenes del agua para abastecer la ciudad y los valles.

El río Vacas acaricia bullicioso los pies de unas montañas minerales y peladas, ricas en ferrita por aquí, cuprita por allá… feldespatos de bauxita y, en lo alto, la figura estratosférica del cóndor con tres deditos extendidos sobre un fondo azul infinito.

Uspallata es hermosa. El valle donde se acuesta tiene linderos de olmos plateados y se desliza como una serpiente, el sonido del sonda. Colgado entre la nada y la nada ha quedado un viejo puente de un ferrocarril en la postal.

Existió, pero hace ya tiempo no está en servicio. Ciertos países se ferrocarrilizan, y otros se desferrocarrilizan… y rápido no ruedan los carros…

Hay algo que no les conté hasta ahora: por estos lugares de altísimas montañas y ríos bruscos y pedregosos pasó José de San Martín, con un ejército de cuatro mil hombres y diez mil mulas, a liberar América.

Nuestro José Martí lo describe en “Tres Héroes”, en el primer capítulo de La Edad de Oro, en aquellas lecturas que nos machacaban en la escuela.

San Martín había vivido tres años en Mendoza, la ciudad en el desierto, preparando su ejército. Y Martí, sin jamás haber estado, le describió al yo niño el imponente paisaje que estoy mirando ahora: “En dieciocho días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos: iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muy abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones”.

En un paraje alto, a unos km de Uspallata, se hacen propicias las sinusoides del horizonte y se ve de pronto el Aconcagua. Por sorpresa, está el gigante nevado con su gorro de plata. Todo es grandilocuente: los glaciares, los cerros, las pendientes… salvo una sola cosa:
—Es aquí —me dice el guía— y me señala un pequeño punto en medio de la nada donde hay, casi anodino, un puente. Es la única obra hecha por el hombre en la majestuosidad del paisaje.

Al momento de cruzarlo, recularon las mulas y hubo cierta confusión entre los arrieros y baqueanos.

El puente, diminuto, estrecho, en piedra y argamasa, servía para cruzar el río Picheuta. Lo había mandado a construir un célebre irlandés al servicio de la corona de España: Ambrosio O’Higgins. Su hijo bastardo esperará a San Martín al otro lado, y juntos derrotarán a los españoles en Chacabuco.

Los caminos que hizo el padre para juntar Imperio, los usó el hijo para fundar patria.

Padre e hijo no se vieron y nunca se miraron a la cara.

Mientras el guía me habla de las películas que se filmaron por aquí (Siete años en el Tíbet), me imagino al general arengando a sus hombres ante el pequeño puente que tengo delante.

A los pocos días cruzó a Chile, y lo liberó. Liberó luego el Perú, se reunió con Bolívar y le entregó las llaves de todo lo liberado. Se volvió a Buenos Aires, tomó un barco y se fue con su hija huérfana a morir a Francia.

Martí también habló de esa niña, Merceditas. —“Seamos libres… que lo demás no importa nada” —era una de las frases recurrentes del General y se dice que la dijo por aquí.

Ese mismo día, yo también crucé finalmente a Chile. Siendo libre.

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