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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Un principio: La historia debería ser el gran ejercicio de la razón humana: un espacio para comprender errores, tragedias, avances y retrocesos. Sin embargo, en manos del fanatismo se convierte en un instrumento de dominación.
Allí donde debería haber análisis, se impone dogma; donde debería existir memoria crítica, se fabrica un relato oficial; donde debería reinar la verdad, se instala la propaganda. El fanatismo político no estudia la historia: la mutila. La despoja de matices, la vacía de humanidad y la reduce a un catecismo ideológico destinado a producir obediencia.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí especialmente peligroso en sociedades donde el poder ha logrado monopolizar la memoria colectiva. Entonces la historia deja de ser una disciplina y pasa a ser un arma. Ya no sirve para comprender el pasado, sino para justificar el presente.
El fanatismo político no es una simple postura ideológica extrema. Es una forma cerrada de conciencia. Se alimenta de certezas absolutas, rechaza la duda y considera la discrepancia como traición. Su psicología es profundamente emocional: necesita creer para no enfrentarse a la complejidad del mundo ni a la responsabilidad individual de pensar.
El fanático no razona la historia: la consume como un producto identitario. En ella busca héroes sin manchas, enemigos sin matices y procesos sin contradicciones. Todo lo que perturba ese relato debe ser eliminado. El archivo estorba. El documento incomoda. El testimonio contradice. Por eso la historia crítica resulta intolerable para los sistemas fanáticos: porque destruye mitos y obliga a rendir cuentas.
La mente fanatizada no acepta evidencia. La filtra. La manipula. La deforma. Y cuando no puede refutarla, la silencia. Así se construye una conciencia impermeable, incapaz de rectificar, de aprender, de evolucionar.
Toda ideología que aspira al control total necesita dominar el pasado. No basta con gobernar el presente: hay que reescribir la historia. Los hechos se reorganizan, los personajes se santifican, los fracasos se maquillan y los crímenes se justifican como “necesidades históricas”.
La historia oficial se convierte entonces en una religión laica. Tiene dogmas, mártires, herejes y liturgias. Se enseña como verdad revelada y se defiende con fervor inquisitorial. La escuela deja de formar ciudadanos críticos y pasa a fabricar creyentes políticos.
En este contexto, la memoria deja de ser un patrimonio social y se transforma en propiedad del poder. Pensar distinto equivale a traicionar. Investigar equivale a subvertir. Recordar equivale a desafiar.
En la Cuba contemporánea, el fanatismo histórico ha sido institucionalizado. El relato revolucionario funciona como una verdad sagrada que no admite revisión. Décadas de adoctrinamiento han producido generaciones formadas para repetir, no para pensar; para venerar, no para analizar; para obedecer, no para cuestionar.
La historia nacional ha sido reducida a una épica inmutable donde los dirigentes son infalibles, el sistema es incuestionable y el fracaso económico y social se atribuye siempre a enemigos externos. La realidad cotidiana —pobreza, éxodo, censura, represión— es negada en nombre de un pasado glorificado.
Así se ha construido una paradoja trágica: un país que vive en ruinas, pero defiende un modelo que lo arruinó; una sociedad empobrecida que protege a sus empobrecedores; una nación sin derechos que aplaude a quienes se los arrebatan.
No se trata de ignorancia. Se trata de una pedagogía del fanatismo
.
Asi las cosas: el fanatismo político es una mutilación moral. Arranca al individuo de su capacidad de juicio, lo priva de su autonomía intelectual y lo convierte en instrumento de una causa que nunca rinde cuentas. Donde triunfa el fanatismo, la historia deja de ser maestra y se convierte en carcelera.
Recuperar la historia es un acto de liberación. Significa devolverle su complejidad, su verdad incómoda, su humanidad contradictoria. Significa romper el hechizo del dogma y asumir la responsabilidad de pensar.
Porque solo una sociedad que se atreve a mirar su pasado sin vendas puede aspirar a construir un futuro con dignidad.