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¿Hasta cuándo la tolerancia con los que nos condenan a la «muerte en vida»? 

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Por Eduardo Díaz Delgado ()

Madrid.- Desde hace mucho tiempo hemos visto a varias personas —casi siempre mayores, casi siempre sumidas en la más profunda miseria— defender la Revolución con aquella frase de “comer tierra si fuera necesario para resistir”.

Con el paso del huracán Melissa volvimos a ver a gente viviendo en las peores condiciones abogar por mantener la Revolución, a pesar de que la mayoría de las expresiones, al menos en redes sociales, son de hartazgo y desaprobación al presidente y al proyecto en general. En el imaginario popular ya está claro que el “triunfo de la Revolución” fue una desgracia, pero para esta gente, aparentemente enferma, sigue siendo su paradigma y hay que salvarlo.

La Revolución, como proyecto, no tiene plan de navegación desde hace más de 35 años, más de la mitad de su existencia. Ni siquiera estadísticamente es salvable, y esos supuestos “periodos de gloria” son debatibles.

Ver vídeo: (https://www.facebook.com/100001592907191/videos/pcb.25400266412943106/1356275149375966)

La defensa del sistema funcionó por mucho tiempo a través de un paripé: había que dejarse ver defendiendo el proyecto para no buscarse problemas. Hoy ese paripé es historia. La realidad es más cruda: ver por lo que están pasando tantos cubanos que no abrazan ese sacrificio ni esa épica —que ya es un suicidio social— es doloroso.

Para la mayoría no es épica: es una muerte lenta, una desnaturalización del ser humano, un pisoteo de las necesidades básicas. Y mientras tanto, esa gente está arrastrando a todo un país al oprobio en que está sumido.

Un atentado a la vida

En este punto, entendiendo el miedo a la represión —aunque cueste entender cómo es más fuerte que el miedo al hambre de los hijos—, es comprensible que se evite el enfrentamiento con los órganos represivos. Pero un país que le teme más a la policía que al hambre de sus hijos está muerto.

Y aquí viene la pregunta: ¿y la tolerancia con esta gente qué? En Cuba hay muchísima gente que quiere por todos los medios el fin de la Revolución, y otra —creo que menor— que quiere que siga, aunque se hunda el país entero. Es una incompatibilidad enorme que va más allá del desarrollo: es un atentado directo contra la vida de la gente.

Ver vídeo: (https://www.facebook.com/100001592907191/videos/pcb.25400266412943106/1741729033137573)

Aunque la tolerancia es importante para cualquier sociedad y su diversidad natural, aquí estamos hablando de vidas, de salud, de la posibilidad real de vivir, no de simplemente estar vivo.

Ante esta situación, comparable a convivir con alguien que quiere vivir pero arrastra instintos suicidas, es necesario que la sociedad actúe de forma progresiva. Y yo estoy abiertamente a favor de los que quieren vivir, no sobrevivir. Es hasta poético: un bando con el lema “Patria o Muerte” y el otro “Patria y Vida”.

La muerte en vida

Los del “socialismo o muerte” —valga la redundancia— están arrastrando al país a eso: a vivir sin ganas, a una muerte en vida. No es justo que gente que se ha tirado a vivir sin planes ni metas, gente que no vale nada ni ante sí misma, condene al resto a este estado de calamidad.

Mi pregunta es: si contra el Estado no quieren enfrentarse, ¿hasta cuándo la tolerancia con los que sostienen a los opresores? ¿El repudio y rechazo público para cuándo? Esa gente tiene que saberlo, sentir el peso del rechazo, ver el asco que provocan, entender que están cometiendo un crimen y responder en consecuencia.

¿Hasta cuándo? ¿También con ellos hay que tener paciencia? La Revolución no va a caer esperando. Si no se va a arrancar y moler ese árbol, al menos córtenle las raíces. Que la gente deje de apoyar por vergüenza. Pero para eso, hay que hacerles sentir esa vergüenza.

Tenemos que hacer algo. Todos. Desde aquí y desde ahí. Desde donde estás tú, que me lees.

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