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Por Adalixis Almaguer ()
Miami.- Nadie me tiene que contar cómo se siente el hambre. Si es hambre de un ratico, porque la comida se demora o porque estamos haciendo otras cosas, es como una angustia imprecisa. Pero si el hambre es de días, si el hambre es de semanas o meses, ya se convierte en desolación, en orfandad, y se siente como un abandono raro pero hondo.
El hambre duele como un hueco, literal, hueco en el medio de tu humanidad, y a mí, por lo menos, me provoca ganas de llorar…
A mí no me da pena hablar del hambre que pasé; a mí no me avergüenza decir que yo no vivía mejor en Cuba. A mí no me abochorna reconocer los traumas que tengo veinticinco años después a causa del hambre: que si se me está acabando el galón de leche y detrás, en el refri, no hay otro esperando, entro en pánico; que todavía confundo el hambre con la tristeza; que acaparo comida como una musaraña, aún cuando reconozco en la glotonería un pecado capital.
Usted no tiene que haber pasado hambre y, menos, está obligado a pensar como yo. Pero yo —por mi salud mental— prefiero pensar que usted del hambre solo sabe la filosofía y las disertaciones académicas, o convertirlo en arte o traducirlo en poesía, pero sin nunca llegar al fondo del dilema, como algo ajeno a su cuerpo, como algo que no le pertenece. Yo prefiero pensar eso y no que usted es tan h.p. como la gordocracia del PCC. Que usted, por no mirar a esa hambre en la cara, se voltea, gira, da la vuelta por el atajo de las concesiones; que usted no sabe de esa hambre porque no quiere saber, porque no le toca padecerla.
El hambre duele. Esto no es una metáfora. Coño, acaben de entender que el hambre duele.
Nosotros, que nos estamos poniendo siempre los zapatos del otro en esta era de plantar banderas; nosotros, que apoyamos los intercambios económicos equitativos, la igualdad racial, la libertad femenina, los derechos de los hombres todos, la TV neutra, el orgullo gay; nosotros, que hemos creado la raza de los influencers y la cultura de la pretensión, y que tenemos campañas y fundaciones para cuanta cosa se mueve en este mundo, y para algunas inertes también; nosotros no podemos ser los mismos después de saber del hambre.
Porque el hambre es otra cosa. El hambre tiene una recurrencia increíble. El hambre viene todos los días. El hambre duele.
Y ni el derecho internacional ni ninguna de esas otras pendejadas se come.