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HALLOWEEN Y YO

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Por Carlos Carballido ()
Dallas.- No suelo entrar en debates sin argumentos sobre si debe celebrarse Halloween o no. Cada cual es libre de pensar lo que quiera y yo no me quedo atrás.
En lo personal asocio la celebración, como todas las que tienen lugar en este país: un fenómeno de mercado obsceno de marca mayor, que olvida la razón y saca a flote a la hipocresía como uno de los peores vicios morales.
Sin embargo, en Estados Unidos, la “Noche de Brujas” está muriendo cada año. Desde la era de Obama el entusiasmo es cada vez menor, debido a que ya no son tiempos de comprar dulces al por mayor para regalarlos, si es que queremos celebrar las navidades pasado un mes.
En lo personal, Halloween era, más que una fiesta pagana, un buen momento para que los hijos pequeños y sus amigos salieran con sus padres por el vecindario, y no solo a admirar los adornos creativos sino a llenar los cestitos de todo tipo de golosinas. Primaban, ante todo, los sentimientos de amistad y familiaridad, de alegría y jubilo, creatividad y satisfacción por vivir donde vivimos.
La mayoría de los padres hacíamos caso omiso a las dificultades y los falsos credos moralistas solo para que los hijos pequeños tuvieran una noche inolvidable, donde ganaba aquel que más dulces y golosinas acaparaba en las cestas.
Pero los hijos crecen y alzan vuelo con sus propias alas. El vuelo es tan alto que ya no sienten deseos de celebrar un día como hoy, y los pocos que piensan en hijos tampoco abrazan este tipo de tradiciones. Un reflejo del mundo en decadencia, de lo infeliz que los políticos nos han hecho.
Tuve disfraces geniales, que realmente asustaban a los niños. Hice el ridículo como todos. Federico era la máscara endemoniada que usaba hasta que un bebé en brazos de su mamá estalló en llanto incontrolable, no más verme, cuando intentaba regalarle una paleta de fresa. Entonces cambié para cosas menos traumáticas.
Una vez trepé al techo de la casa con una escoba para pretender volar lejos, doblar en curvas entre las nubes y rociar de confituras el vecindario. Locuras de aquellos tiempos . Y todo por hacer que mi hija, más allá de ser feliz, se riera a carcajadas de su papá, tan infantil como ella.
Halloween es ya una quimera. Duele verlo morir.

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