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Por Robert Prat ()
Nueva York.- En la sombra alargada Yankee Stadium, donde los fantasmas del pasado se codean con los titulares del presente, Hal Steinbrenner se alza como un hombre atrapado entre la herencia y la inercia. No grita, no promete, apenas suspira con la cautela de quien ha aprendido que el lujo no garantiza la gloria.
A sus 55 años, el dueño de los Yankees enfrenta una paradoja incómoda: su organización es un titán financiero, sí, pero lleva dieciséis años sin levantar la copa más codiciada del béisbol. Y en 2025, cuando el frío canadiense los eliminó en octubre, el eco de esa ausencia sonó más fuerte que nunca.
Steinbrenner habla con la voz de un contable afligido, no de un magnate omnipotente. Admite fallas, señala errores en las bases, despide coaches, y aún así insiste en que el problema no es el mánager, sino la carne y el nervio de los que visten el uniforme. Su diagnóstico —una mezcla de pragmatismo y desilusión— revela un club atascado en su propio patrón: arrancan con ímpetu, naufragan a mitad de temporada, y llegan al otoño con menos alma que en abril. La nómina, ese monstruo de 319 millones de dólares, no ha sido antídoto contra la fragilidad humana.
Detrás de las cifras, hay otra historia que rara vez se cuenta. Hal se defiende de la narrativa de riqueza ilimitada: Forbes habla de ingresos colosales, pero olvida los 100 millones anuales que los Yankees le deben a la ciudad de Nueva York desde que firmaron el contrato para el nuevo estadio. Olvida los millones destinados a scouteo, ciencia del rendimiento, desarrollo de talento… una maquinaria tan cara como exhaustiva. En su visión, el dinero no se gasta, se invierte; y sin embargo, el retorno ha sido esquivo, como un batazo a la hora de la verdad en postemporada.
Ahora, mientras la oficina de Brian Cashman disecciona el mercado de agentes libres, Steinbrenner se mueve con la cautela de quien sabe que cada firma puede ser la última antes del colapso financiero o la redención deportiva. Necesitan un jardinero, necesitan brazos en el bullpen, necesitan certezas que el otoño no quiso darles. Pero también necesitan equilibrio: entre gastar lo suficiente para competir y no tanto que la nómina los asfixie con impuestos y expectativas. Trent Grisham, Cody Bellinger, Devin Williams… cada nombre es un cruce de caminos bajo la presión del escudo.
Curiosamente, en medio del debate sobre techos y pisos salariales, Steinbrenner no se alinea con la ortodoxia de los Yankees de antaño. Dice que la relación entre gasto y triunfo es “débil”, que el dinero por sí solo no construye dinastías. Más aún: sugiere que un tope salarial podría ser aceptable… siempre y cuando venga acompañado de un piso. Es una postura que suena casi revolucionaria en un dueño cuya franquicia ha sido símbolo del poder económico en el béisbol. Pero también es una confesión: incluso en el Bronx, el oro tiene límites.
Al final, lo que pesa sobre Hal Steinbrenner no es solo la nómina, ni siquiera la sequía. Es la expectativa —implacable, histórica— de que los Yankees no solo jueguen, sino que dominen. Que no solo compitan, sino que conquisten. Y mientras los Dodgers celebran su segundo título consecutivo con una nómina que rozó los 415 millones, en Nueva York se preguntan si el problema no está en el cheque, sino en el alma. Porque en el béisbol, como en la vida, el lujo sin pasión es solo ruido. Y el escudo de los Yankees ya ha callado demasiado tiempo.