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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- Gustavo Petro es el ejemplo acabado de lo que ocurre cuando la inmoralidad no solo roza el poder, sino que se instala cómodamente en él. Su trayectoria política no es la de un estadista en formación, sino la de un camaján ideológico: guerrillero reciclado, militante eterno del resentimiento y agente servil de la izquierda más fracasada del continente.
Petro no llegó a la política para construir; llegó para ajustar cuentas, para convertir el Estado en escenario y a la nación en público cautivo. Desde sus años en el M-19 —grupo armado responsable de sangre, terror y descomposición institucional— hasta su salto a la presidencia, nunca abandonó el culto a la épica falsa, al relato victimista y al aplauso fácil de la izquierda internacional.
Su discurso es puro teatro. Petro habla como quien se cree un genio incomprendido, un iluminado rodeado de mediocres. Se escucha a sí mismo, se admira, se sobreactúa. Cada intervención es una puesta en escena donde él es protagonista, mártir y salvador al mismo tiempo. Pero detrás de la retórica grandilocuente no hay profundidad: hay improvisación, desorden conceptual y una preocupante incapacidad para gobernar con seriedad.
En el ejercicio del poder, sus torpezas políticas son constantes. Gobierna a golpe de impulsos, rodeado de personajes grises, muchos de ellos marcados por el oportunismo, la corrupción o el radicalismo ideológico. Cambia ministros como quien cambia de máscara, mientras el país se hunde en la incertidumbre económica, el deterioro institucional y el descrédito internacional. No hay dirección clara, solo gestos, discursos y rectificaciones.

Petro no cree en la institucionalidad: la usa. No respeta la separación de poderes: la hostiga. No concibe la democracia como equilibrio y alternancia, sino como tribuna permanente para su ego. Su relación con el poder está atravesada por el vicio: el vicio de mandar sin escuchar, de dividir para reinar, de señalar enemigos imaginarios cuando la realidad lo desborda.
Y, como no podía faltar, su entorno huele a corruptela. Escándalos, financiaciones opacas, contradicciones éticas, silencios convenientes. Petro se presenta como paladín de la moral pública, pero tolera —cuando no justifica— prácticas que dice combatir. La doble moral no es un accidente: es su zona de confort.
En política internacional, se alinea sin pudor con el combo del siglo XXI: dictaduras, populismos autoritarios y regímenes que han arruinado a sus pueblos. Cuba, Venezuela, Nicaragua: allí están sus afectos, no por error, sino por afinidad ideológica. Petro no defiende la libertad; defiende el relato. No acompaña a los pueblos oprimidos; acompaña a sus opresores.
Hay además una prueba inmediata de carácter que desnuda al personaje. Se anuncia un encuentro de Petro con Donald Trump, y la pregunta es inevitable: ¿será tan “valiente” como cuando, desde la distancia segura, lanza insultos, descalificaciones y poses de superioridad moral? Todo indica que no. Petro es bravucón en la lejanía y prudente hasta el silencio cuando el poder real lo mira a los ojos. Frente a Trump —un político frontal, incómodo y poco dado al teatro ideológico— es poco probable que repita el libreto incendiario que reserva para las redes y los discursos domésticos. El revolucionario de micrófono suele diluirse cuando el escenario deja de estar bajo su control.
Gustavo Petro no es una anomalía: es un síntoma. El síntoma de una izquierda que, incapaz de producir bienestar, solo sabe producir discursos, conflictos y ruina moral. Cuando la inmoralidad llega al poder, no necesita imponer el caos: lo administra.
Y Petro lo administra con convicción.