Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- El régimen de La Habana ha construido su narrativa de “valentía” sobre una base profundamente desigual: la fuerza bruta contra un pueblo desarmado.

Durante décadas ha demostrado eficacia únicamente en ese terreno: reprimir, encarcelar, golpear y amedrentar a ciudadanos indefensos cuyo único “delito” es pensar distinto o exigir una vida digna. Frente a mujeres, ancianos y jóvenes sin armas, el aparato represivo se siente invencible; ahí sí exhibe músculos, consignas y uniformes.

La historia lo confirma. Derribaron avionetas civiles como las de Hermanos al Rescate con aviones Mig 29 y lo presentaron como una hazaña patriótica. Hundieron embarcaciones con civiles, incluso niños a bordo, que huían del hambre y la desesperación, y lo justificaron en nombre de la “defensa de la revolución”. Nunca hubo pudor, nunca autocrítica; solo propaganda y cinismo.

Pero cuando el escenario cambia, cuando la otra parte no es un pueblo indefenso sino una potencia militar real, el discurso heroico desaparece.

Cuando el enemigo es fuerte…

Ante aviones militares estadounidenses que violan el espacio aéreo cubano o ante la presencia de destructores al norte de la Isla, el régimen guarda silencio, baja la cabeza y se refugia en la prudencia que nunca aplica puertas adentro.

No hay Mig 29, no hay bravatas, no hay “actos de valentía”. Tampoco remolcadores “polargos” que vayan a hundir un submarino nuclear, ni que vayan a defender la revolución atacando las naves americanas estacionadas al norte de Cuba.

Ahí el valor revolucionario se evapora.

Esta doble moral desnuda la verdadera naturaleza del poder en Cuba. No se trata de soberanía ni de dignidad nacional, sino de control.

El coraje que proclaman no es más que cobardía selectiva: audacia para maltratar al débil y sumisión ante el fuerte. Por eso miden al pueblo cubano con una vara implacable y a los Estados Unidos con un metro mucho más corto.

No es valentía lo que les sobra; es miedo. Miedo a perder el poder, miedo a un adversario real y, sobre todo, miedo a un pueblo que, aun desarmado y hambriento, sigue siendo la única fuerza capaz de ponerlos frente a su mayor derrota.

Deja un comentario