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Greta Thunberg habla de Cuba en su ceguera selectiva

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Por Yeison Derulo

La Habana.- Greta Thunberg volvió a aparecer en redes sociales, esta vez para denunciar lo que llamó las “políticas injerencistas” de Estados Unidos contra Cuba. Según la activista, las acciones de Washington constituyen un “brutal acto de castigo colectivo” que priva al pueblo cubano de sus medios básicos de supervivencia.

El mensaje, como suele ocurrir con este tipo de declaraciones, fue celebrado de inmediato por los mismos sectores que durante décadas han servido de coro internacional a la propaganda de La Habana.

Lo curioso —o quizás lo indignante— es la facilidad con la que algunos activistas globales hablan de Cuba sin mencionar jamás la raíz del problema. Resulta muy cómodo señalar a Estados Unidos desde un teléfono inteligente en Europa mientras se ignora que la isla lleva más de seis décadas gobernada por una dictadura que ha encarcelado, perseguido y empujado al exilio a millones de sus propios ciudadanos. Para Greta, al parecer, el drama cubano empieza en Washington y no en La Habana.

Si vamos a hablar de castigo colectivo, habría que empezar por el que el propio régimen cubano ha impuesto sobre su población durante más de medio siglo. Habría que hablar de los fusilamientos de los primeros años de la revolución, de los presos políticos que han llenado las cárceles, de los miles de balseros que murieron intentando escapar del paraíso socialista y de las familias separadas por un sistema que convirtió la emigración en la única válvula de escape. Esa parte de la historia, curiosamente, nunca aparece en los discursos de ciertos activistas internacionales.

El problema no es que Greta critique a Estados Unidos; cualquiera tiene derecho a hacerlo. El problema es la ceguera selectiva. Es fácil denunciar sanciones desde la comodidad del activismo global, pero mucho más difícil señalar a un régimen que durante décadas ha reprimido cualquier forma de disidencia dentro de la isla. Y cuando se omite esa realidad, el discurso deja de ser una defensa del pueblo cubano para convertirse en un ejercicio de propaganda involuntaria.

Quizás antes de hablar de “castigo colectivo”, la activista sueca debería escuchar a los propios cubanos que viven —o sobreviven— dentro de ese sistema. Los que hacen colas interminables para conseguir comida, los que pasan noches enteras sin electricidad, los que han visto cómo criticar al gobierno puede costarles la cárcel. Porque el mayor castigo que ha sufrido el pueblo cubano no viene de Washington. Viene de un régimen que lleva más de sesenta años gobernando sin permitir que su propio pueblo decida su destino.

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