Por Reynaldo Medina Hernández ()
La Habana.- ¿Qué les parece la exhortación, el llamado, casi la súplica del gobierno cubano (solo falta que se arrodillen) a los cubanoamericanos para que vengan a invertir en la isla? Para empezar, no creo que ningún empresario de país alguno quiera invertir aquí con tan funestos antecedentes. ¿Cuántos europeos, asiáticos, e incluso cubanoamericanos han perdido todo lo invertido después de aventurarse? ¿Alguien se arriesgará, cuando hace apenas unos meses congelaron las cuentas bancarias de los empresarios extranjeros y los obligaron a abrir otras que corren igual riesgo? Pero… especialmente los cubanoamericanos…
¿Recuerdan cuando se aprobó la ley de inversión extranjera? Dejaba explícito que podían invertir en Cuba todos los ciudadanos del mundo, incluidos los estadounidenses (excepto si eran cubanoamericanos). Ni hablar de los cubanos que viven aquí; esos nunca han contado para el gobierno. Eso no fue otra cosa que una humillación más, a sumarle el habérselo quitado todo cuando emigraron (incluidas sus casas con cuanto tenían dentro), tirarles huevos, golpearlos, y endosarles los más humillantes calificativos: gusanos, escoria, lumpen, antisociales, traidores, vendepatrias, mercenarios, y un largo etcétera.
En su desesperación, han afirmado estar dispuestos a compensar a ciudadanos y empresas de Estados Unidos por las propiedades confiscadas. Aquellas propiedades, mencionadas una por una, el 6 de agosto de 1960, entre gritos de una multitud enceguecida y fanatizada sentenciando: «¡Se llamaba!». Esas mismas.
El cambio de actitud
Tal cambio de actitud no es otra cosa que aceptar la aplicación del título III de la Ley Helms-Burton, que no solo se condenó (enérgicamente, claro), sino que se legisló en su contra aprobando la Ley número 80, Ley de Reafirmación de la Dignidad y Soberanía Cubana, del 24 de diciembre de 1996, que declaró a la Helms-Burton «ilícita, inaplicable y sin efecto legal alguno». ¡Cómo cambian los tiempos, Venancio! ¿Qué te parece?
El gobierno cubano ha afirmado todos estos años que Estados Unidos, a diferencia de otros países, se negó a aceptar la compensación por la nacionalización de sus propiedades. Eso es cierto, pero no es todo; faltan cosas por decir. Lo que sucedió fue que no se pusieron de acuerdo. Creo que si a uno le expropian sus propiedades, en contra de su voluntad y por la fuerza, tiene derecho a pedir ciertas condiciones, pero con sentido común. Estados Unidos exigió una compensación rápida (en seis meses), adecuada (por el valor total de mercado) y en moneda convertible. Cuba, por su parte, ofreció pagar solo por un monto equivalente al valor impositivo tasado en octubre de 1958 (20% del valor de mercado), y en bonos del gobierno a veinte años vista con un interés anual de 4,5%.
En mi opinión, las exigencias de Estados Unidos no eran realistas, y las propuestas de Cuba eran leoninas. Pero pudieron negociarse tanto el monto como los plazos y los porcentajes de interés, e incluso combinar el efectivo con los bonos. Sencillamente no hubo voluntad política por ninguna de las partes. Ahora Cuba dice estar dispuesta a pagar. ¿Sobre cuáles bases? Pero la verdadera pregunta es: ¿con qué dinero piensan hacerlo? ¿Será que al fin GAESA va a aflojar los millones de sus cuentas en el exterior?
Dudas con las invitaciones
De todas formas, no creo que ningún cubanoamericano acepte la «invitación». Hasta simpatizantes, como Hugo Cancio, que exportaba a Cuba, no medicinas ni comida, sino ¡autos de lujo!, ha declarado los peligros que eso implica, por falta de garantías. Eso solo sucederá si algunos de sus agentes, que tienen muchos dentro de la comunidad cubanoamericana, actúan a modo de liebre y dan los primeros pasos para atraer a los incautos.
Ya veremos, pero si no vienen a invertir su dinero, por falta de deseos de las autoridades cubanas no será. Y entonces uno, memorioso que es uno, negado a olvidar que es uno, se pregunta: ¿dónde quedó aquella frase de ese que, sin preguntarnos nunca, siempre hablaba en nombre de todos, dejando por sentado que cuanto pensaba y decía era el sentimiento de todo un país? Aquella frase repetida hasta el cansancio, aplaudida y apoyada por multitudes, pero, insisto, no por todos los cubanos. ¿Cómo se percibe hoy esa frase? ¿La recuerdan? Claro que sí: «¡No los queremos, no los necesitamos!».
Que los quieran, que los quieran… no lo creo, pero según parece… de que los necesitan, los necesitan.
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