Por Jorge Sotero ()
La Habana.- La situación de Cuba no es un accidente. No es una desgracia inevitable, ni un daño colateral difuso de la historia. Tiene origen, tiene diseño y tiene responsables. Y en el centro de todo está el gobierno cubano: principal, directo y acumulativo.
No se trata de un actor atrapado dentro de una crisis que no pudo prever. Es el autor de un modelo que destruyó sistemáticamente la capacidad nacional de producir riqueza, de sostener servicios, de atraer inversión sana, de premiar el trabajo, de tolerar la crítica y de corregirse a sí mismo.
El régimen revolucionario, como una sucesión interna de sí mismo, no es un actor atrapado dentro de una crisis inevitable. Es el autor de un modelo que destruyó la base económica del país y luego convirtió esa destrucción en doctrina. Intervino, prohibió, confiscó, centralizó, militarizó y castigó. Demonizó la prosperidad independiente porque toda autonomía económica genera autonomía moral.
Persiguió al productor cuando no podía controlarlo. Exprimió al campesino, al emprendedor, al profesional, al técnico, al que quería avanzar sin pedir permiso. Destruyó incentivos y luego culpó al mercado, al embargo, al imperio, al clima, a la pandemia, a la coyuntura, a cualquiera menos a su propio diseño criminal.
No generan nada, solo narrativas
Un poder que concentra economía, verdad, fuerza, justicia y propaganda termina necesariamente administrando escasez y miedo. Porque no tiene competencia que lo obligue a mejorar, no tiene prensa libre que lo desnude, no tiene alternancia que lo castigue, no tiene ciudadanía empoderada que lo corrija, no tiene oposición legal que lo vigile. Tiene, en cambio, monopolio narrativo, impunidad represiva y una capacidad casi infinita para trasladar el costo de sus errores a la población.
En Cuba, además, ese traslado del costo ha sido obsceno. Cuando no hubo subsidio soviético, vino el «período especial». Cuando apareció Venezuela, el castrismo sustituyó productividad por subsidio geopolítico. Cuando se agotó ese manantial, improvisó con deuda, turismo, remesas, tiendas en divisas, esquemas opacos, extracción fiscal, ahogo interno y una economía cada vez más dual, desigual y descompuesta.
El castrismo le pidió al pueblo sacrificio mientras construía hoteles. Le habló de resistencia mientras dolarizaba. Le pidió paciencia mientras multiplicaba mecanismos de recaudación. Ye exigió heroísmo mientras la élite se protegía del desastre que ella misma administraba.
El fracaso esperado
No es que el sistema haya fracasado por desviación. Es que su lógica contenía este resultado. La concentración del poder, la ausencia de contrapesos, la incapacidad de autocrítica, la demonización del disenso, todo eso no son fallos del sistema, son sus pilares. Y los pilares, cuando se pudren desde dentro, no se caen por accidente. Se caen porque estaban diseñados para sostenerse sobre la miseria ajena, no sobre la eficiencia propia.
Por eso, cuando algunos se asombran de la profundidad de la crisis, deberían asombrarse de su propia ceguera. Cuba no está así porque el bloqueo impidió que floreciera un paraíso. Cuba está así porque el castrismo diseñó un infierno y lo llamó revolución. Y ahora, cuando el infierno se ha vuelto insoportable, los mismos que lo diseñaron piden paciencia. Pero la paciencia, como la economía, tiene un límite. Y ese límite, cada día, está más cerca.
La única pregunta que queda es si el cambio vendrá desde dentro, desde fuera, o desde el empuje de un pueblo que ya no tiene nada que perder. Pero de que vendrá, vendrá. Porque los diseños criminales, por más que duren, siempre terminan sucumbiendo a la única fuerza que no pueden controlar: la verdad. Y la verdad, en Cuba, ya no se esconde. Está en las calles, en las colas, en los apagones, en las miradas. Solo falta que alguien la escuche. Y que actúe.
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