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Por Ulises Toirac ()
La Habana.- Gabriel era malgache. En carácter, como los tres pingüinos de Madagascar, pero juntos.
Estudiábamos electroenergética en la CUJAE y era de esos tipos que hasta hoy día, no sé si era, o se hacía, para seguir a su aire, jodiendo. Apenas había aprobado el español en la preparatoria y se comunicaba más por signos que por palabras. Pero era una fiesta aquel negrito. No pasaba una que no fuera jodiendo.
A Gabriel le gasté una broma cierta vez. En uno de los recesos habíamos tres o cuatro conversando en el pasillo. Y a Gabriel se le ocurre decir que le gustaba Lázara Ramos, una muchacha de nuestra misma aula. Abrí una libreta y garabateé rápido una flor a bolígrafo. Bien… tú sabes… infantilona, y arranqué la hoja. Se la dí. Y le dije:
─ Llévale esto ─y tratando de complicar lo menos posible, añadí:─ Y dile: Estás muy rica, quiero acostarme contigo.
Los socios aguantaron la risa y me siguieron la corriente.
─ ¡Ufff! ¡Romanticismo!
─ ¡Dale, Gabriel!
─ ¿Bueno eso? ─preguntaba el malgache riendo (siempre reía).
─ ¡Amor puro!
Y yo repetía para que no se le olvidara:
─ Estás muy rica, Quiero acostarme contigo.
Y pa allá fue aquél pedazo de jodedor con su hojita. Lázara hablaba con dos o tres muchachas del aula y Gabriel se acercó al grupito extendiéndole la hoja con la flor garabateada. La carcajada de las muchachas se oyó a diez cuadras.
Gabriel aparentemente venía de una posición pudiente en su país. Era amigo de salir de parranda los fines de semana y llegaba al lunes con cara de estar en otro universo… si es que aparecía los lunes. Pero los lunes teníamos Educación Física y dábamos futbol. Lo de «dar futbol» era muy… El profe se paraba y decía tres o cuatro cosas de técnicas o estrategias y… a patear la pelota los cuarenta y cinco minutos restantes del turno.
Y Gabriel era fanático al futbol. Al punto que a veces no aparecía en los turnos de clases, pero llegaba a tiempo para la educación física.
Aquella tarde venía soplao como una maruga. Y así mismo se tiró a patear en aquella explanada llena de accidentes. Tenía técnica el muy cabrón. Se notaba que había practicado futbol en su tierra.
Yo creo que incluso aquella tarde éramos hasta del mismo equipo. No le importó. En un momento que alguien puso la pelota cerca de mis pies (yo siempre trataba de que la pelota y yo no coincidiéramos en todo el terreno) y Gabriel vino a toda velocidad contra mí, para lanzar un chutazo a puerta con todas sus fuerzas. No sé si la parranda del día anterior o qué, pero la patada la recibí exactamente en mi pie derecho logrando que la puntera girara en redondo.
Se me desconectó la pata del cerebro. Inmediatamente el empeine se infló como la mismísima pelota.
─ Disculpa, flaco ─ chapurreó Gabriel… Y siguió feliz y desorientado detrás de su pelota.
Yo aun siento el empeine jodido. Han pasado cuarenta años… Y realmente no creo que Lázara le haya dicho que me pateara de esa manera como desquite.