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Por Luis Alberto Ramírez

Miami.- Durante décadas, el poder en Cuba no se ejerció únicamente desde la economía, la política o la represión policial. También se impuso, y esto suele olvidarse, desde la vida íntima, cultural y emocional del ciudadano. Bajo el mando de Fidel Castro, el Estado decidió qué podía celebrarse, qué podía escucharse, cómo debía vestirse un joven y hasta qué recuerdos podían conservarse sin miedo.

La prohibición de la Navidad, la Nochebuena y las celebraciones de fin de año no fue un hecho menor ni anecdótico. Al hacer coincidir la despedida del año con el aniversario de la Revolución, el régimen sustituyó una festividad universal y familiar por un ritual político obligatorio. No se trató solo de borrar una tradición religiosa, sino de reemplazar la alegría espontánea por la liturgia ideológica, de imponer que la única celebración legítima fuera la del poder.

En la misma lógica se inscribe la eliminación de los juguetes, el día de los reyes, la eliminación paulatina de las meriendas escolares, la imposición de trabajo infantil como requisito para estudiar y el empobrecimiento deliberado de la infancia. El mensaje era claro: el Estado no estaba para hacer felices a los niños, sino para moldearlos. El sacrificio se convirtió en virtud, y la carencia, en discurso.

La juventud fue otro blanco preferente. Vestirse a la moda, llevar el pelo largo o escuchar música “inadecuada” pasó a ser sospechoso. No se castigaba solo la rebeldía política, sino la individualidad misma. El joven que quería parecerse al mundo exterior era visto como un enemigo cultural, como alguien contaminado por valores ajenos al dogma revolucionario.

Algunas censuras del dictador

La cultura, quizás más que ningún otro ámbito, sufrió una mutilación sistemática. Cantantes, músicos y géneros enteros fueron prohibidos. Artistas internacionales como José Feliciano o Camilo Sesto fueron vetados no por su obra, sino por haberse presentado en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar durante la dictadura de Augusto Pinochet, como si el arte debiera responder a la geopolítica y no a la sensibilidad humana.

Más dolorosa aún fue la censura contra los propios cubanos. Figuras como Celia Cruz, Orlando Contreras, Panchito Risé y muchos otros fueron borrados de la radio y la televisión. Se intentó extirparlos de la memoria colectiva, como si prohibiendo sus voces se pudiera negar su existencia. Escuchar su música podía significar sanciones, marginación o cárcel. El crimen no era político: era recordar que Cuba era más grande que el poder que la gobernaba.

La persecución no se limitó a la música. Escritores, poetas e intelectuales fueron silenciados si rozaban, aunque fuera por accidente, el ego del líder o los límites del discurso oficial. La cultura dejó de ser un espacio de creación para convertirse en un territorio vigilado. Pensar libremente pasó a ser un acto de riesgo.

Y, sin embargo, pese a este largo historial de prohibiciones, censura y empobrecimiento espiritual, todavía existen cubanos que recuerdan a Fidel Castro como alguien que “le hizo bien” al país. Esa contradicción no nace de la evidencia, sino del daño profundo que provoca una dictadura prolongada: la distorsión de la memoria llega incluso a confundir Cuba con gobierno, la normalización del abuso y la confusión entre resistencia y resignación llegan a formar parte de un comportamiento que parece ya ser endémico.

En realidad, el legado es claro. No fue solo la economía lo que se destruyó, ni solo las instituciones. Fue la alegría, la diversidad, la libertad de ser. Y ese daño, silencioso pero persistente, explica por qué Cuba aún lucha no solo por recuperarse materialmente, sino por reconciliarse con su propia identidad.

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