El día que la ciencia se encontró con Frankenstein

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En 1818, Mary Shelley publicó una novela sobre un científico loco que devolvía la vida a un cadáver. Ese mismo año, en una sala de la Universidad de Glasgow, la realidad se empeñó en imitar a la ficción. Un hombre ahorcado esa misma mañana fue sometido a descargas eléctricas mientras su cuerpo se retorcía, levantaba los brazos y gesticulaba como si estuviera vivo. No era magia. Era una batería de 270 pares de placas que hacía lo que la naturaleza ya no podía.

Matthew Clydesdale había sido ejecutado por asesinato. Su cuerpo, recién bajado de la horca, fue trasladado directamente a la universidad, donde el médico Andrew Ure y el profesor James Jeffray le esperaban con una batería voltaica que habría hecho palidecer a cualquier aficionado al cine de terror. Cuando aplicaron corriente a un nervio, una pierna salió disparada con tal violencia que casi derriba a un asistente. El muerto se movía, pero no respiraba. Todavía no.

El momento más inquietante llegó cuando conectaron la corriente al nervio frénico, el que controla el diafragma. Entonces, el pecho del cadáver comenzó a elevarse y descender como si estuviera respirando. El abdomen se expandía y contraía. Los presentes, atónitos, vieron a Clydesdale parecer vivo, como si hubiera regresado del más allá. Pero faltaba lo peor.

Al final…

Ure estimuló un nervio situado sobre el ojo. El rostro del muerto cobró vida. Los músculos se contrajeron en una danza macabra que produjo expresiones de horror, desesperación, angustia y sonrisas grotescas. Algunos espectadores no pudieron soportarlo. Uno salió huyendo. Otro perdió el conocimiento. Durante una hora, la electricidad recorrió el cadáver, pero Clydesdale nunca volvió a la vida.

Casi dos siglos después, el experimento sigue siendo una de esas historias que parecen sacadas de una película. Y lo más extraño es que Mary Shelley escribió Frankenstein meses antes de que aquel cadáver se estremeciera bajo las descargas. La ficción llegó primero, pero la realidad, una tarde de noviembre, consiguió parecerse tanto a ella que aterrorizó a quienes la vivieron. Porque a veces, la ciencia no solo imita al arte, sino que lo supera en escalofríos.

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