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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)

Houston.- Ningún pueblo está compuesto únicamente por virtudes. Toda nación es una tensión permanente entre dignidad y miedo, entre conciencia y conveniencia. Cuba no es excepción. Lo que la distingue no es la existencia de debilidades humanas —universales en toda sociedad— sino la prolongación de un sistema que ha aprendido a administrar el miedo, la culpa y la dependencia como instrumentos de control.

Hoy la isla vive uno de los momentos más críticos de su historia contemporánea. La economía no solo está deteriorada: está estructuralmente colapsada. La moneda nacional ha perdido toda capacidad real de sostener la vida cotidiana; la dolarización informal fragmenta aún más a la sociedad; el salario estatal ha quedado reducido a símbolo; el sistema productivo es incapaz de abastecer lo elemental; y la emigración masiva —de dimensiones comparables a procesos de posguerra— vacía el país de su fuerza joven y productiva. No es una crisis coyuntural. Es el agotamiento de un modelo.

En ese escenario, el papel del exilio adquiere una dimensión histórica. No es solo una diáspora que envía dinero: es un actor económico decisivo. Las remesas se han convertido en una de las principales fuentes de supervivencia para millones de familias. Sin ellas, la precariedad sería aún más devastadora.

El dilema moral

Pero aquí emerge el dilema moral. Ayudar nunca ha sido, ni será, una traición. Al contrario: es un acto de amor. Sin embargo, cuando la ayuda se convierte en mecanismo permanente de compensación de un sistema fallido, surge una contradicción profunda. El dinero que sale del sacrificio del exilio amortigua la presión social interna que el propio colapso debería provocar. La asistencia material, sin conciencia política, puede terminar funcionando como anestesia.

Existen casos —cada vez más visibles— de ciudadanos que proclaman lealtad pública al poder, repiten consignas, participan en actos oficiales, y al mismo tiempo dependen de recursos enviados desde el exterior. Esta doble conducta no es solo incoherencia; es el resultado de décadas de formación en la supervivencia ambigua. El miedo, el cálculo y la costumbre han producido un tipo social adaptado a vivir en contradicción permanente.

La historia ofrece precedentes. En sociedades sometidas a sistemas totalitarios, amplios sectores aprendieron a reproducir el discurso oficial mientras, en privado, sobrevivían gracias a redes paralelas. El poder no solo controla por la fuerza; controla moldeando la conducta.

No basta con aliviar el hambre

Por eso el desafío no es cortar vínculos ni romper familias. El desafío es elevar la ayuda al plano de la conciencia. La asistencia debe ir acompañada de claridad. No basta con enviar recursos; es necesario explicar causas. No basta con aliviar el hambre; hay que señalar la raíz estructural que la produce. El modelo no colapsa por factores externos circunstanciales, sino por su propia incapacidad de generar prosperidad, libertad económica y responsabilidad institucional.

Cuba se encuentra en una etapa distinta a la de décadas anteriores. El discurso ideológico ha perdido mística; la legitimidad simbólica se erosiona; la narrativa heroica ya no convence a las nuevas generaciones. El miedo, aunque todavía presente, ya no paraliza como antes. Y sin embargo, el sistema se sostiene gracias a una combinación de control, fragmentación social y dependencia económica.

Ahí reside la responsabilidad del exilio contemporáneo: actuar con equilibrio moral y visión estratégica. Ayudar, sí. Pero sin reforzar la pasividad. Acompañar, sí. Pero sin legitimar la sumisión. La ayuda debe ser puente hacia la autonomía, no sostén indefinido de la resignación.

La ruptura se acerca

Existe un punto de inflexión en todo proceso histórico. Cuando el costo de mantener la ficción supera el miedo a abandonarla, la ruptura se vuelve inevitable. Cuba se aproxima a ese umbral. La emigración masiva ha demostrado que millones ya hicieron su ruptura individual. Falta la ruptura colectiva dentro de la isla.
El exilio no puede producirla por sí solo. Pero sí puede acelerar el despertar. No con abandono, sino con coherencia. No con castigo, sino con responsabilidad. La verdadera lealtad a la familia y a la patria no consiste en perpetuar un equilibrio artificial, sino en contribuir a desmontar la causa profunda del deterioro nacional.

La historia no absuelve a quienes sostienen lo insostenible. Tampoco absuelve a quienes, pudiendo actuar con conciencia, prefieren la comodidad moral. Cuba atraviesa su momento decisivo. La estructura está fatigada. La sociedad está fragmentada. La emigración ha redibujado la nación más allá de sus fronteras físicas.

El último desafío no es económico. Es ético. Y en esa dimensión, el exilio tiene un papel determinante.

La ruptura no será solo política. Será moral.Y cuando ocurra, no será producto del odio, sino de la lucidez.

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