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Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- La carencia de estadistas y de líderes políticos en Europa, unida a la retórica antirrusa procedente del Báltico y a la voluntad de prolongar la guerra para desgastar a Rusia —aun a costa de sacrificar la existencia misma de Ucrania como país— ha creado el cóctel perfecto para un divorcio generalizado entre los europeos y sus dirigentes.
El distanciamiento no es solo con la población europea: también se ha roto con su mercado natural, Rusia, al que se han cerrado a cal y canto, prefiriendo pagar combustibles y fertilizantes rusos al triple del precio a través de intermediarios.
Europa ha decidido imponer aranceles a los automóviles eléctricos chinos —más eficientes y baratos— y bloquea cualquier intento de empresas chinas de invertir en compañías europeas, obligando a muchas de ellas a deslocalizarse hacia países con menores costes energéticos.
Su tradicional benefactor, Estados Unidos, se ha cansado de financiar la defensa europea. Hoy mismo, el ministro de Finanzas estadounidense, el señor Bessent, declaró que Groenlandia es para ellos irrenunciable ante la ineptitud europea en materia de seguridad, y que por tanto no pueden delegarla en Europa. Esta posición, de facto, deja a Europa de espaldas a su socio más cercano.
Así, la Europa que pretendió aislar a Rusia se encuentra ahora sola: sin China, sin Rusia y camino de quedarse también sin su principal aliado, Estados Unidos. A la vista está que nadie cuenta con ella para las conversaciones de paz sobre Ucrania, ni tampoco para discutir la nueva arquitectura de seguridad europea.
La Unión Europea se ha convertido en el club de la irrelevancia, donde la fiebre antirrusa polaca y báltica ha contagiado a países tradicionalmente más prudentes. Esto ha transformado a la UE en un espacio del que no solo los socios tradicionales se distancian, sino también las antiguas colonias, que ya no quieren saber nada de sus metrópolis. Que se lo pregunten a Francia y a sus territorios africanos.
La crisis hegemónica, económica y de liderazgo de potencias como Reino Unido, Alemania o Francia ha propiciado un acercamiento a Estados Unidos por parte de Polonia y de los países bálticos, poniendo en entredicho la esencia misma de la Unión Europea.
La UE necesita refundarse con nuevas reglas y nuevos dirigentes que apuesten por la verdadera prosperidad y el bienestar de sus pueblos, y que no impongan la política del “todo vale” para endeudarnos y subir impuestos que ya resultan impagables, todo ello en aras de intereses políticos belicistas y perversos.
Hoy hemos pasado de querer aislar a Rusia a estar más aislados que ella. Hoy sancionamos a Rusia y nos disparamos en el pie, mientras Rusia es el principal aliado de China y viceversa, y ambos dialogan con Estados Unidos, que a su vez nos da la espalda.
Europa ha entrado en una lista de espera en la que no es capaz de tener un peso específico en ningún acontecimiento mundial. La falta de unidad y la errática actuación de sus dirigentes han marcado un declive en todos los órdenes, sumiéndola en una irrelevancia que podría condenarla a su desaparición.
Seguimos en la cola, pidiendo el último.