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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Con la nueva iniciativa del presidente Donald Trump contra el régimen de La Habana, resulta difícil creer que puedan resistir mucho más. Según reveló Político, entre las opciones que baraja el Gobierno de Estados Unidos se encuentra un bloqueo naval que impediría la llegada a Cuba de cualquier cargamento de combustible. No se trata de una invasión ni de bombardeos, sino de una presión directa sobre el único oxígeno real que mantiene con vida al sistema.

Al mismo tiempo, se filtra que México podría detener el envío de crudo a Cuba para no entrar en conflicto con su poderoso vecino del norte. Si esto se confirma, el cerco energético sería prácticamente total. Y ahí es donde el castillo de naipes comienza a temblar de verdad.

Dentro de la propia administración Trump existe polémica. Un bloqueo completo de las importaciones de petróleo podría desencadenar una crisis humanitaria severa, con apagones generalizados, colapso del transporte y un éxodo masivo que, como tantas otras veces, sería utilizado y organizado por La Habana como arma política. Ese riesgo ha llevado a algunos funcionarios a oponerse a un cierre absoluto.

Solo un empujoncito

Este es, precisamente, el final espantoso al que me refería en un artículo anterior, cuando algunos me acusaban, con mala fe o torpeza, de desear una intervención militar en Cuba. Nada más lejos de la realidad. No hace falta un solo soldado, ni una bomba, ni una guerra.

El régimen cubano no ha caído porque nadie lo ha empujado de verdad. Es un régimen de cartón, sostenido por la inercia, el miedo y la dependencia externa. Pende de un hilo extremadamente delgado. Basta con cerrarlo como una lata de conservas: que no entre combustible, que no entre oxígeno económico, que no entre el salvavidas permanente que otros le lanzan por cálculo político o complicidad ideológica.

Donald Trump lo ha dicho sin rodeos: “Al régimen le quedan dos alternativas: cambiar el sistema con libertades y democracia para el pueblo, o abandonar el poder. Pero que lo hagan pronto, porque les queda muy poco tiempo.” Y este hombre lo que dice, lo cumple.

Un bloqueo naval que impida el ingreso de combustible puede parecer una medida extrema. Lo es. Pero también es proporcional a la magnitud del daño que ese régimen ha causado durante más de seis décadas. No se trata de castigar al pueblo, sino de poner al poder contra la pared, allí donde nunca ha querido estar. No hay que invadir Cuba. No hay que intervenir militarmente. Con cerrar el grifo, basta.

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