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Por Ma Chete

Tapachula.- La dictadura lleva años usando el mismo guion: anunciar cargamentos salvadores, «créditos amigos”, cifras infladas y promesas recicladas. Hoy son 300 mil barriles de petróleo supuestamente enviados por Rusia, ayer fueron 200 mil, mañana será un «acuerdo estratégico». El número cambia; la realidad no. Los apagones siguen, la vida no mejora y el país continúa a oscuras, literal y moralmente.

Pero lo que indigna de verdad no es la mentira oficial, sino la celebración servil de la mentira. Personas que están sentadas en la penumbra, con el refrigerador apagado y los niños sudando, escriben “gracias a los amigos rusos”, “esos sí son amigos”, “los enemigos sufren”. ¿Sufren quiénes? Porque el pueblo cubano no ve luz, no ve alivio y no ve cambio alguno.

Ahí es donde la propaganda ha hecho su trabajo más perverso: logró que la gente agradezca antes de recibir, celebre antes de comprobar y se alegre del supuesto sufrimiento ajeno mientras el propio es real. No importa si el petróleo llega, si alcanza, si se pierde, si se revende o si solo existe en un titular; lo importante es sostener el relato emocional de “tenemos amigos” y “no estamos solos”, aunque la soledad sea total cuando cae la noche.

Eso no es gratitud: es dependencia psicológica.

Eso no es conciencia política: es síndrome de supervivencia, aferrarse a cualquier promesa porque admitir la estafa sería admitir que te han engañado durante años. Y hay algo todavía más grave: cuando alguien aplaude un envío simbólico mientras vive en apagón, ya no está defendiendo una ideología, está defendiendo la mentira que necesita para no enfrentar su propia humillación. Por eso atacan a quien cuestiona, por eso repiten consignas: porque reconocer la verdad dolería más que la oscuridad.

– Los pueblos libres agradecen resultados.

– Los pueblos sometidos agradecen anuncios.

Y mientras haya quien diga “gracias” sin que la luz regrese, el problema de Cuba no será la falta de petróleo, sino la normalización del engaño.

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