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Por Oscar Durán

La Habana.- Sin petróleo, sin electricidad, sin comida y sin nada, Cuba volvió a marchar. No para reclamar lo que falta, no para exigir lo que se le debe a un pueblo exhausto, sino para cumplir con el ritual: caminar en fila, obediente y silenciosa, bajo la consigna de homenajear el natalicio de José Martí. La escena se repite cada año, pero duele más cuando el país está a oscuras, cuando la olla está vacía y cuando el cansancio ya no cabe en el cuerpo.

Desde bien temprano, con apagones acumulados y el estómago a medio engañar, los comunistas estaban listos para encender la antorcha. No todos estaban por convicción, fueron empujados por la inercia del miedo o por la lista que luego pasa factura. Marchan sin convicción, sin épica, sin fe. Marchan como carneros, no porque no sepan pensar, sino porque el sistema se ha encargado de quebrarles el instinto de rebelión.

Mientras tanto, Martí vuelve a ser secuestrado. Lo levantan como bandera aquellos mismos que traicionaron cada una de sus ideas. El Martí humanista, el Martí ético, el Martí enemigo del despotismo y del culto al poder, es reducido a consigna hueca, a pancarta reciclada, a discurso leído sin alma por funcionarios que jamás han pasado hambre ni apagones. Lo invocan para justificar la obediencia, no la dignidad.

El contraste es obsceno. Un país sin petróleo marcha y enciende antorchas con petróleo; un país sin electricidad desfila; un país sin comida aplaude. Las calles llenas por unas horas, los mercados vacíos todos los días. Se camina por Martí, pero se vive contra todo lo que Martí defendió. Nadie menciona la basura acumulada, la falta de agua, el transporte inexistente, los hospitales en ruinas. Eso no entra en la foto oficial.

Y así termina la jornada: regresan a sus casas oscuras, sudados, más cansados que antes, con la misma incertidumbre intacta. Mañana volverá el apagón, la escasez, la lucha diaria por sobrevivir. Martí seguirá siendo usado, manoseado, traicionado. Y el pueblo, otra vez, marchará cuando se lo ordenen, aunque ya no tenga fuerzas ni razones.

En Cuba, incluso sin nada, lo único que nunca falta es la obediencia forzada.

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