Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Elizebeth Friedman y la batalla invisible del Atlántico

Comparte esta noticia

En 1942, el Atlántico era una trampa mortal. Submarinos alemanes acechaban en la oscuridad. Barcos aliados eran torpedeados antes de llegar a Europa. Detrás de cada ataque había mensajes cifrados enviados desde redes de espionaje en América Latina. Señales invisibles que decidían quién vivía y quién se hundía.

Los servicios de inteligencia aseguraban que aquellos códigos eran indescifrables.

En una oficina discreta de Washington, una mujer tomó un lápiz. Se llamaba Elizebeth Smith Friedman.

Había estudiado literatura. Shakespeare. Poesía. No parecía una estratega militar. Pero tenía una habilidad excepcional: veía patrones donde otros solo veían ruido.

Mientras su esposo William trabajaba descifrando códigos japoneses para el Ejército, ella dirigía el esfuerzo contra las redes nazis en el hemisferio occidental. Compartían casa, pero no podían compartir secretos.

La presión era constante. Cada mensaje interceptado era un rompecabezas urgente. Cada error significaba más barcos hundidos.

Cuando llegó información sobre el RMS Queen Mary, que transportaría a más de 15.000 soldados a través del Atlántico, el riesgo se volvió insoportable. Si los nazis conocían su ruta, sería una catástrofe.

Elizebeth trabajó hasta el agotamiento. Analizó frecuencias. Buscó repeticiones mínimas. Esperó que un operador cansado cometiera un pequeño error.

Al fin encontró el hilo

Lo encontró. Un patrón diminuto. Una grieta en la encriptación.

Durante semanas tiró de ese hilo hasta que las letras incomprensibles comenzaron a formar palabras. Luego frases. Luego coordenadas exactas. Había roto el sistema.

De pronto, los Aliados podían leer los mensajes de la red nazi en América. Localizaron agentes. Desmantelaron operaciones. Neutralizaron amenazas marítimas.

El Queen Mary cruzó el océano sin ser interceptado. Miles de vidas se salvaron. Pero el reconocimiento no llegó.

El director del FBI, J. Edgar Hoover, presentó los resultados como logros de su agencia. Dio conferencias. Posó para fotografías. Se atribuyó el mérito.

El trabajo de Elizebeth era clasificado. No podía hablar. No podía corregir titulares. Ni siquiera podía contárselo a sus hijos. Siguió trabajando en silencio.

Durante décadas fue reducida a una nota al pie, mencionada como “la esposa de William Friedman”. Murió en 1980 sin ver reconocido públicamente el alcance de su contribución.

Años después, al desclasificarse miles de documentos, emergió la verdad: no fue asistente. Fue pionera del criptoanálisis estadounidense y figura clave en una guerra invisible.

Con un lápiz, paciencia y una mente extraordinaria, cambió el curso de la historia.

No necesitó aplausos. La verdad, aunque tarde, terminó hablando por ella.

Deja un comentario