
El Vampiro de Düsseldorf sigue dando miedo, ahora con bata blanca
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Peter Kürten la palmó en 1931. Lo guillotinaron. Pero el tipo, terco hasta el final, ni con el cuello cortado logró darnos paz. Porque el Vampiro de Düsseldorf no era un criminal cualquiera: era el que hacía que los alemanes cerraran con llave hasta el water. La prensa de la época se forró con su cara de pocos amigos, y el país entero vivió en vilo mientras el tipo hacía de las suyas. Cuando al fin lo ajusticiaron, todos respiraron. Error.
No fue suficiente con matarlo. Había que abrirlo. Así que le cortaron la cabeza —porque una guillotina no deja el trabajo a medias— y se pusieron a mirarle el cerebro como quien busca una moneda perdida en el sofá. La ciencia europea, muy seria ella, quería encontrar el mal en algún pliegue, en alguna mancha, en alguna forma rara. Como si la perversidad fuera un tumor. Como si señalar con el dedo fuera entender.
Pero el cerebro no habló. Los tejidos, mudos. Y entonces vino el problema: el cadáver de Kürten dejó de ser un fiambre y se convirtió en expediente. En muestra. En objeto de vitrina para tipos con batas y cuadernitos. Porque la ciencia, cuando no entiende algo, lo diseca. Y la sociedad, cuando no entiende algo, se queda mirando. Y entre la bata blanca y el morbo de medio pelo, el Vampiro siguió ahí, más vivo que muchos vivos.
Morbo, justicia, espectáculo
Y es que ahí está el meollo: ¿cuánto de todo aquello era ganas de saber y cuánto era simple y llano morbo? Porque los alemanes, que decían querer olvidar, no paraban de leer. Los científicos, que decían buscar respuestas, no paraban de cortar. Y Kürten, desde su frasco o su cajón, se reía de todos. Porque el tipo había hecho cosas horribles, sí, pero lo más horrible era la necesidad que teníamos de seguir mirando.
Su historia sigue dando grima. No por lo que hizo —que fue mucho y muy feo—, sino porque nos obliga a mirarnos al espejo y aceptar que el ser humano es bicho raro: le da miedo el mal, pero no puede dejar de acercarse a él. Quiere entenderlo, pero también le gusta el morbo. Quiere justicia, pero también quiere espectáculo. Y en esa cochinada de frontera, Kürten sigue siendo el rey.
Así que ahí lo tienen: el Vampiro de Düsseldorf, muerto hace casi un siglo, todavía inquietando. Los científicos ya no miran su cerebro —supongo que se pudrió—, pero la pregunta sigue ahí, fresca como una hemorragia: ¿por qué no podemos apartar la mirada? Porque al final, el mal no asusta solo por lo que hace. Asusta porque nos gusta verlo. Y Kürten, desde el infierno o desde el formol, sigue siendo el protagonista de una función que nadie quiere cerrar.



