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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El desconcierto tiene nacionalidad rusa y se mide en toneladas de queroseno. Apenas el miércoles, Aeroflot anunciaba con toda la solemnidad burocrática que Rossiya —su filial de bandera— colgaba el cartel de «cerrado por falta de combustible» en las rutas a La Habana y Varadero a partir del 24 de febrero. Lean bien: desde el 24 de este mes.
Vuelos de repatriación cuidadosamente calendados: 12, 14, 17, 19 y 21 desde las playa; 16 desde la capital. Todo parecía claro, casi quirúrgico. Un plan de evacuación con sello de goma y número de expediente. Pero en el universo de espejos de la diplomacia rusa, la claridad es siempre una licencia poética.
Al día siguiente, como si el libreto hubiera sido escrito por dos guionistas que no se hablan, la portavoz de la Cancillería, María Zajárova, salió a corregir el rumbo con esa mezcla de firmeza y nebulosa que tanto domina. No, no se rindan tan rápido. Las autoridades rusas mantienen un «contacto muy estrecho» con La Habana. Se exploran opciones. Se tienden hilos. La palabra «suspensión» es tan fea; digamos mejor «pausa operativa forzada por factores externos». El mensaje para los 4.000 turistas varados era, en esencia: aguanten, que esto no es un adiós, es un hasta luego con fecha a convenir.
Esta coreografía comunicacional no es improvisación, es método. Moscú necesita mostrarse ante su opinión pública como un Estado que protege a los suyos —de ahí los vuelos de repatriación, puntuales y anunciados—, pero también como un aliado que no abandona el barco cuando la tormenta arrecian. Cancelar definitivamente sería reconocer que la presión de Washington ha sido eficaz, que el cerco energético de Trump —aranceles mediante, orden ejecutiva mediante— ha logrado cortar la arteria del turismo hacia la isla. Y eso, en términos de prestigio geopolítico, es una baja que el Kremlin no está dispuesto a firmar.
El fondo del asunto, sin embargo, es tozudo y no atiende a matices retóricos. Cuba no recibe combustible desde diciembre. El crudo venezolano, antes savia del sistema, es hoy recuerdo. Las refinerías trabajan al ralentí, los generadores agonizan y los aviones comerciales, esos devoradores de queroseno, se han convertido en visitantes incómodos. Air Canada ya se fue. Ahora le toca el turno a los rusos, con la diferencia de que Moscú no puede permitirse el lujo de desaparecer sin antes escenificar una negociación, aunque sea ficticia.
Lo que estamos presenciando no es, por tanto, la crónica de una suspensión ordenada, sino la de una retirada vergonzante. Los vuelos de repatriación —esos que Pegas Touristik y Nordwind y Rossiya organizan con angustiosa precisión— son el brazo operativo de un fracaso logístico que se viste de contingencia humanitaria. Y mientras tanto, desde la tribuna de la Duma y los pasillos de la Cancillería, se insiste en que la culpa es del «bloqueo energético» yanqui, ese mismo que lleva décadas siendo el comodín perfecto para explicar lo inexplicable.
La pregunta que flota sobre el Caribe es ya incómoda para ambos gobiernos: ¿cuánto tiempo más puede sostenerse la ficción de una normalidad aérea cuando no hay una gota de combustible para sostenerla? Moscú hablará de «opciones alternativas» y La Habana de «resistencia», pero los calendarios no mienten. El 24 de febrero se acerca. Y después de esa fecha, los únicos vuelos que seguirán operando entre Rusia y Cuba serán los de la retórica. Esos, al menos, no necesitan queroseno.