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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- El régimen de La Habana vuelve a rasgarse las vestiduras con una rabia tan ruidosa como estéril. Sin argumentos que convenzan ni soluciones que alivien, su defensa consiste en ofender, ladrar y descalificar, como si el uso compulsivo de adjetivos, sacados de la “Real Academia de la Lengua Cubana”, pudiera sacarlo del agujero social y económico en el que se hunde. El grito no alimenta, el insulto no cura, la amenaza no gobierna.

Si, en lugar de vociferar como niño con hambre, pensaran seriamente en las necesidades del pueblo que dicen representar, el panorama sería otro. Completamente distinto. Pero la prioridad no es el ciudadano: es la preservación del control. Por eso el discurso se endurece cuando la realidad aprieta; por eso la propaganda sustituye a la política pública; por eso la represión se normaliza como método.

Ha llegado la hora de dar pasos claros y verificables hacia la democratización y el desmantelamiento de la estructura represiva. Las tímidas “aperturas” y los gestos simbólicos de otros tiempos ya no sirven. El país necesita reglas, derechos y garantías, no consignas recicladas. Y, paradójicamente, oportunidades no faltan: existen naciones dispuestas a tender la mano sin sanciones ni ultimátums, con incentivos que promuevan reformas internas concretas, facilidades económicas condicionadas a avances medibles en derechos humanos, apoyo real a la sociedad civil y puentes diplomáticos para un diálogo inclusivo.

Mucho ruido, pocas nueces

Pero no. El régimen prefiere aferrarse a su cubil como garrapata al trasero de un perro. Para sostenerse, recurre al miedo: asusta a la población con el fantasma de una invasión imperialista “inminente”, anuncia muertes inocentes y escenarios apocalípticos que carecen de lógica. Ellos saben, y lo saben bien, que el poder no cae por atacar a la población civil, a los cubanos no los tienen que tocar para acabar con la nomenclatura castrista, sino con desactivar las estructuras que lo sostienen es suficiente: la incomunicación del mando, el aislamiento de los aparatos coercitivos, la pérdida de legitimidad. Cuando el andamiaje se viene abajo, el ruido queda en nada: solo una gallina sin plumas y cacareando.

Se invoca, una y otra vez, el ejemplo de Venezuela para justificar el miedo o para manipular conclusiones. Cada proceso tiene su historia y sus contradicciones, pero una lección es clara: la salida a las dictaduras no pasa por castigar a los civiles, sino por abrir cauces políticos reales, quebrar la impunidad y devolver la soberanía al ciudadano.

Mientras el régimen de Cuba persista en el insulto y la amenaza como sustitutos del gobierno, seguirá perdiendo tiempo, y el país seguirá perdiendo futuro. La historia no se detiene por gritar más fuerte. Se transforma cuando el poder escucha, cede y cambia. Todo lo demás es ruido y cuando hay mucho ruido, se ha comprobado que existen pocas nueces.

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