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Por Hermes Entenza ()
Núremberg.- De niños, nos divertíamos a la vera del río lanzando guijarros con fuerza diagonal sobre las aguas. Contábamos cada rebote, ese desafío momentáneo de la piedra por resistir el llamado de las profundidades. Éramos un equipo compitiendo por multiplicar los saltos. Finalmente, de forma inevitable, la gravedad reclamaba su tributo y la piedra se hundía tras el cuarto o quinto impacto.
La nación cubana fue lanzada hace siglos a las turbias aguas del Estigio. A pesar de guerras, pactos, gritos de independencia y dictaduras, ha logrado rebotar y proseguir su marcha. Mientras tanto, el puño invisible de cada cubano se aprieta ante cada golpe contra el agua. Ha sido un episodio agónico entre la piedra, el río y la gravedad; que no son otra cosa que la nación, la tiranía y el destino.
Uno, dos, tres, cuatro rebotes… pero no habrá más. La nación se hunde por extenuación, víctima de la necedad de un poder incapaz de imprimir un nuevo giro al guijarro.
Cuba se sumerge en la oscuridad y en el espanto de un pueblo que ya no espera nada de un gobierno manco para construir y mudo para dialogar. Es un sistema que solo acierta a reprimir y segar la vida de sus hijos por el «pecado» de exigir sus derechos.
Tanta desidia y represión agotan. Son décadas de vano sacrificio que no han conducido ni a un solo día de bienestar en el hogar. Ese tibio sitio perdió hace mucho tiempo su cualidad principal: la paz de la familia.
Hoy, el poder no busca el diálogo con su pueblo. Sin embargo, con histeria pide y ruega conversar, en igualdad de condiciones, con el país más odiado. Desde siempre nos inocularon el odio al Norte, a la libre empresa, al capitalismo cruel. Pero el gobierno llora por negociar. Además, olvida que nunca ha abierto sus puertas a un diálogo «en igualdad de condiciones» con sus ciudadanos. Ni con los de dentro, ni con los que hemos salido en busca de una vida, al menos, más decente.
El poder solo dialoga con los que aplauden. Y Cuba, la isla otrora luminosa, es hoy un guijarro sumergido. Se cansó de rebotar y se asienta, inevitable, en el fondo pantanoso del olvido.