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Por Max Astudillo
La Habana.- Los turistas rusos ya no pueden viajar tranquilos ni antes de montarse en el avión rumbo a Cuba. Esta vez el susto llegó en Moscú, cuando un Boeing 777 con destino a Cayo Coco tuvo que abortar el despegue por una pérdida abrupta de potencia en uno de sus motores. No hubo víctimas, por suerte, pero el incidente vuelve a poner sobre la mesa una idea que cada día gana más fuerza: volar hacia la Isla se ha convertido en una ruleta rusa, incluso para los aliados “estratégicos” del régimen.
Según el parte oficial, todo quedó en un fallo técnico y la rápida reacción de los pilotos evitó una desgracia mayor. El discurso es el de siempre: control de la situación, profesionalidad de la tripulación y un avión de reserva listo para continuar el viaje. Pero el detalle no menor es que el destino final era Cuba, un país que parece cargar con una saladera crónica, donde nada fluye con normalidad, ni siquiera cuando el problema ocurre a miles de kilómetros de La Habana.
El vuelo Moscú–Cayo Coco terminó saliendo horas después, como si nada, y los turistas rusos siguieron su camino hacia las playas vendidas como paraíso. Sin embargo, el incidente deja un sabor amargo: si antes el miedo era lo que pasaba una vez aterrizado —apagones, escasez, hospitales sin recursos— ahora el nerviosismo empieza desde la pista de despegue. Cuba ya no exporta solo crisis internas; exporta desconfianza.
Mientras el gobierno cubano celebra la llegada de visitantes rusos como una tabla de salvación económica, la realidad se empeña en desmentir el relato triunfalista. Aviones que fallan, infraestructuras deterioradas y un país que parece gafado hasta para el turismo “amigo”. Cuba es un país salado, definitivamente, y ni los motores de un Boeing 777 parecen querer cargar con ese peso.