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El temblor del Caribe: cuando el cómplice ve caer al jefe

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- La captura de Nicolás Maduro no ha sido solo un golpe a un hombre; ha sido el fin de una inmunidad mitológica. En La Habana y Managua, la noticia no se leyó como un titular lejano, sino como el eco de unos pasos que se acercan por el mismo pasillo.

Por primera vez en la historia de esta alianza contra natura, un líder del «eje» ha sido literalmente sujetado por la justicia que tanto despreciaron. Y ese hecho, crudo y concreto, ha abierto una fisura psicológica en las dos últimas fortalezas ideológicas del continente, revelando no una estrategia, sino un pánico compartido: el temor a que la cuenta regresiva, hasta ahora abstracta, tenga por fin un rostro, una fecha y un par de esposas.

La reacción, sin embargo, ha desnudado la diferencia abismal entre un régimen geriátrico y uno pragmático.

En Managua, el instinto de supervivencia ha operado con frialdad maquiavélica. Daniel Ortega y Rosario Murillo, siempre más caudillos que mártires, han iniciado una retirada táctica silenciosa: liberaciones selectivas de presos políticos, distensiones calculadas con la Iglesia, un lenguaje menos incendiario hacia Washington.

Es el comportamiento de quien, viendo arder la casa del vecino, empieza a sacar sus muebles más valiosos por la puerta trasera. No es arrepentimiento; es un cálculo frío para ganar tiempo, oxígeno y quizás, una salida negociada que preserve el botín.

Cuba, todo lo contrario

En Cuba, por el contrario, la respuesta ha sido la parálisis histérica disfrazada de firmeza. La dictadura no tiene un plan B; tiene un museo. Ante el pánico, no innova, excava. Ha desempolvado a sus nonagenarios totémicos –menos al operativo Ramiro Valdés, quizás el único que entiende que esto no se resuelve con consignas– para que desfilen como fantasmas de una épica agotada.

Su única táctica es la de Fidel Castro: hablar alto, ofender, simular una fortaleza que ya no existe. Es el síndrome del acorazado: un cascarón vacío que hace sonar sus sirenas para convencerse a sí mismo de que aún navega, mientras el agua entra a raudales por las brechas de la realidad.

Pero debajo de la fachada, en ambos palacios, reina el mismo miedo atroz. Un miedo que huele a naftalina en La Habana y a dinero recién lavado en Managua. Saben, con una certeza visceral, que su tiempo se acabó. Que el mundo que los toleró por geopolítica, por petróleo barato o por simple fatiga, ha girado la página.

Maduro era el eslabón más débil, pero su caída prueba que la cadena puede romperse. Ya no se preguntan si caerán, sino cuándo y cómo. Si será con un juicio internacional, con una rebelión interna, con una intervención forzosa o con una huida nocturna a una dacha en un aliado lejano. La incertidumbre no mitiga el terror; lo prolonga.

En la lista de espera

Esta es la nueva y agonizante normalidad: la política de la lista de espera. Managua y La Habana son dos pacientes en la antesala de un quirófano histórico, escuchando los ruidos del procedimiento aplicado a Caracas.

Cada uno afronta el trance a su manera: Nicaragua, con el pragmatismo cínico del que negocia su rendición; Cuba, con la coreografía delirante del que baila en la cubierta del Titanic. Pero ambos comparten el mismo diagnóstico terminal. Su poder ya no se mide en años, sino en meses o semanas de contingencia.

El fin de la era no será, por tanto, un acto único, sino un desmoronamiento en cadena. La captura de Maduro no fue el final de la obra; fue el primer acto del último capítulo. Ahora, en el silencio cargado de sus bunkers, Ortega y la cúpula castrista escuchan el mismo tic-tac.

Ya no pueden proteger a su aliado; ahora luchan, cada uno con sus herramientas melladas, por protegerse a sí mismos de un destino que ha dejado de ser una amenaza retórica para convertirse en una cita en el calendario. Su única esperanza es que el verdugo se canse de llamar a su puerta. Pero la historia, cuando empieza a cobrar facturas, rara vez se distrae.

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