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El tablero cubano tras el ultimátum: ¿negociación con los Castro o colapso controlado?

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Por Albert Fonse ()

Ottawa.- ¿Qué puede estar pasando tras el mensaje de Trump a la dictadura cubana?

Lo que voy a decir no es un deseo, sino un análisis basado en la historia y las figuras que conforman el escenario.

Hay que comenzar por el único con el poder de cambiarlo todo: Trump, una figura pragmática y negociadora. A su lado, Rubio, un anticomunista y conocedor del tema, que sabe cómo tratar a estos elementos. En el otro bando, los Castro y la cúpula del PCC.

En ese contexto, hubo un hecho clave que pasó casi desapercibido: cuando Marco Rubio se reunió hace unos días con Mike Hammer, embajador de Estados Unidos. No fue para intercambiar opiniones ni explorar posibilidades. Fue para dar instrucciones precisas sobre qué debía decir y qué no al régimen cubano. La línea es clara: no se inician conversaciones por inercia. Solo se habla si existe acuerdo en el fin; solo se discutirá el cómo y el cuándo. No hay diplomacia preventiva ni diálogo decorativo. Hay presión y reloj.

Dentro de ese esquema aparece otro punto incómodo para muchos: las negociaciones reales con la dictadura cubana no pasan por figuras decorativas. Pasan por quienes ejercen el poder efectivo, que son los mismos que negociaron el deshielo con Obama: los Castros, y su principal interlocutor es Alejandro Castro. No Díaz-Canel, Marrero, y menos Bruno. El canal sigue siendo el mismo porque el poder real no ha cambiado.

Aquí surge una hipótesis que va a doler a los puritanos, incluidos algunos que se declaran fanáticos de Trump y aún así se sorprenden de su actuar. El plan puede consistir en eliminar —ya sea por muerte o prisión— a los puestos a dedo y a los que acaparan la atención pública: figuras como Miguel Díaz-Canel, Manuel Marrero y Bruno González, que serían los conejillos de Indias. Al resto del círculo de poder se le podría ofrecer lo que históricamente ha funcionado en transiciones de este tipo: retiro dorado, protección personal o garantías condicionadas. No por justicia poética, sino por eficacia política y para acelerar un proceso de transición.

Ese enfoque encaja con la mentalidad del presidente estadounidense: no quiere procesos largos ni discusiones eternas; quiere resultados e irse de fiesta a Mar-a-Lago a celebrar otra victoria. Para eso cuenta con Marco, cuya función no es suavizar acuerdos, sino revisar cada letra pequeña, cerrar las trampas y evitar que el castrismo vuelva a ganar tiempo, como ha hecho durante décadas.

El cubano quiere libertad, democracia y justicia. Aunque incomode, sería una justicia imperfecta, pero visible, que marque un antes y un después. El mensaje del hombre más poderoso del mundo deja claro que la paciencia se agotó, que el margen de maniobra se redujo y que el desenlace, si no hay cambios reales, puede ser peor para la cúpula que cualquier escenario previo. Todo indica que el final no se va a negociar en términos ideológicos, sino en términos de poder. En ese terreno, la dictadura cubana ya no tiene todas las cartas.

Recuerden: no es mi deseo, pero hay que ser realistas. Para exigir y para poder ser escuchado, hay que sentarse en la mesa de negociación. Para llegar a esa mesa, hay que tener con qué influir: una carta de poder. Si el pueblo estuviera en las calles, entonces podría participar y decidir sobre su futuro. Pero si solo espera a ver qué pasa, la discusión será —y está siendo— únicamente entre dos partes: Trump-Rubio verss Castro-PCC.

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