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Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Ayer ocurrieron varias cosas alrededor del tema Cuba que vale la pena analizar con calma y poner en contexto. No digo que necesariamente estén conectadas entre sí, pero cuando se miran juntas dan la impresión de que algo se está moviendo en el tablero.
Primero, el Speaker de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Mike Johnson, habló sobre Cuba y dejó dos ideas importantes. Dijo que el Congreso se está preparando para una transición en Cuba, pero al mismo tiempo señaló que no cree que sea necesaria una intervención militar para que ese cambio ocurra. Es decir, desde el Congreso ya se empieza a hablar abiertamente de transición estadounidense, algo que hasta hace poco era impensable.
Por otro lado, desde el lado de la dictadura cubana también ocurrió algo llamativo. Más allá de la represión que sigue aumentando, de las citaciones a activistas y del control interno que no se detiene, hubo un cambio en el tono del discurso oficial sobre el tema del diálogo.
Durante semanas los voceros del régimen negaron cualquier tipo de negociación. Después cambiaron ligeramente la narrativa y dijeron que, si había diálogo, sería únicamente sobre los temas que ellos quisieran tratar. Sin embargo, ayer ocurrió un giro interesante cuando Jorge Legañoa, presidente de la agencia oficial Prensa Latina, declaró en la televisión cubana que la dictadura está dispuesta a dialogar sobre todos los temas, incluso los más álgidos.
Ese pequeño cambio de frase no es menor. Significa pasar de un diálogo limitado y controlado a decir públicamente que todos los temas pueden estar sobre la mesa.
Cuando uno mira estas dos señales al mismo tiempo, parece que ambos lados están preparando el terreno. Por un lado, desde Washington el tema de una transición ya llegó incluso al Congreso. Por otro lado, desde La Habana el régimen comienza a flexibilizar su discurso sobre el diálogo.
A esto se suma otro elemento importante: quien está liderando estas conversaciones desde el lado estadounidense es Marco Rubio. El Secretario de Estado no es un político cualquiera dentro de este tema. Es hijo del exilio cubano y fue uno de los críticos más duros de la política de deshielo impulsada por Barack Obama.
Por esa razón, sería muy difícil imaginar que ahora él mismo termine promoviendo algo parecido a aquello que criticó con tanta fuerza. No solo por su relación con el exilio cubano, sino también por el peso político que eso tendría para su propia carrera nacional.
Al mismo tiempo está la figura de Donald Trump, un político pragmático que suele moverse según las circunstancias. Trump ha endurecido el tono en sus declaraciones y ha dicho que la situación en Cuba podría resolverse por las buenas o por las malas, mientras intenta explorar la posibilidad de algún tipo de acuerdo.
Por eso el panorama actual parece una mezcla de presión, cálculo político y mensajes cruzados. No necesariamente significa que las negociaciones estén a punto de cerrarse, pero sí que el nivel del juego está subiendo.
La dictadura cubana parece estar empezando a abrir un poco el espacio discursivo para negociar. Estados Unidos ya está hablando de transición en el Congreso.
Lo que parece cada vez más claro es que Cuba va a cambiar, de una forma u otra.
La gran pregunta, la única que todavía no tiene respuesta, es qué tipo de cambio será ese.