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El sonido que quebró al régimen: la expulsión del padre José Ramírez

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- La dictadura cubana acaba de exhibir, una vez más, su debilidad moral y su miedo visceral a cualquier signo de libertad. No se trata de un opositor armado, ni de un líder político clandestino, ni de un medio independiente filtrando documentos. No. El régimen ha decidido expulsar a un sacerdote católico, el padre José Ramírez, por el “delito” imperdonable de hacer repicar las campanas de su iglesia.

Campanas. El sonido más antiguo del cristianismo. El llamado a la fe, a la paz, a la comunidad. Para la tiranía, un acto subversivo.

La cobardía política alcanza niveles grotescos cuando un sistema de gobierno, que se pretende “invencible”, “revolucionario” y “en pie frente al imperialismo”, tiembla ante el tañido metálico que acompaña la vida espiritual de un pueblo. Que un régimen expulse a un sacerdote por solidarizarse con su comunidad —un barrio exhausto por los apagones, la miseria y la desesperación— revela no fortaleza, sino pánico. Pánico a la verdad. Pánico al despertar social. Pánico a que la gente descubra que ya no está sola.

El padre José Ramírez no lanzó consignas, no organizó marchas ni arengó multitudes. Solo tocó campanas. Y, sin embargo, esas campanas resonaron como una denuncia moral que atravesó la noche habanera y dejó desnudo al poder. El régimen lo ha querido castigar por lo que realmente teme: las expresiones espontáneas de dignidad.

El miedo atroz a los símbolos

Con esta expulsión vergonzosa, Cuba demuestra que su sistema político no tolera ni siquiera gestos simbólicos de acompañamiento al sufrimiento popular. Y confirma algo que cada día resulta más evidente: la dictadura perdió el control de la narrativa y ahora reprime incluso el eco del metal.

Este acto infame no es solo una agresión contra un religioso; es un ataque directo contra la libertad de culto, la conciencia individual y la solidaridad humana. Es un aviso: ningún gesto, por pequeño que sea, está a salvo de la vigilancia del Estado cuando ese gesto expresa humanidad.

Pero también es una señal poderosa: Si una campana puede incomodar tanto, ¿qué no podrá lograr un país entero cuando decida repicar al unísono?

Quede aquí la denuncia, firme y clara, de un acto pequeño en apariencia, pero inmenso en significado. La tiranía ha mostrado su miedo. Y cuando un régimen teme al sonido de una campana, es que ya escucha, aunque no lo admita, el sonido de su propio final. Que ya se acerca .

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