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Por Oscar Durán
Holguín.- El silencio en Holguín pesa más que el plomo. No es un silencio cualquiera: es ese mutismo cobarde que adopta la prensa oficial cuando un cubano está agonizando por reclamar libertad. Mientras los periódicos del régimen vienen con la foto de unos oficiales relucientes, recién ascendidos en la plaza Calixto García, con discursos sobre “ética” y “lealtad inquebrantable”, a pocos kilómetros un hombre se consume como una vela al borde del final. Yosvany Rosell García, preso político del 11J, lleva 40 días sin probar un grano de arroz. Y el país —al menos el que ellos narran— sigue como si nada.
Uno se pregunta qué clase de moral mueve a esos que redactan titulares sobre condecoraciones mientras un padre de familia, un trabajador, un cubano de a pie, se deshidrata hasta perder los riñones. Dicen que Rosell García rechaza atención médica, como si eso fuera un capricho. No dicen que cuando lo atienden, lo encadenan a una cama y le ocultan hasta los diagnósticos a la familia. No dicen que su huelga no es un teatro: es la única arma que tiene un hombre desarmado en un país donde levantar la voz te convierte, automáticamente, en enemigo del Estado.
Y mientras tanto, la prensa oficial juega a su ceremonia de honores. Es grotesco. Parecen vivir en un país paralelo donde todo es lealtad, resistencia, heroísmo heredado; donde los uniformes brillan como si no cargaran encima seis décadas de represión. Les encanta repetir la palabra “soberanía”. ¿Qué soberanía puede tener un país que permite —o peor, que necesita— que un preso político se muera de hambre para seguir demostrando quién manda?
Esos oficiales con sus medallas nuevas deberían pasar una mañana completa en la sala donde Rosell se apaga. A ver si se les cae la palabrería de “baluarte de dignidad”. Porque dignidad no es desfilar en una plaza. Dignidad es impedir que un ser humano llegue a ese extremo por pensar distinto. Dignidad es hablar de frente, sin miedo a disgustar al Partido. Pero de eso, ya sabemos, no se escribe en los medios oficiales.
Yosvany Rosell no está librando una guerra. No tiene armas, ni rangos, ni charreteras. Lo único que tiene es su cuerpo, su protesta silenciosa y un país que finge que no existe. Y ahí, precisamente ahí, se ve la verdadera herida de esta dictadura: un poder que celebra ascensos mientras deja morir a un hombre por exigir libertad. Un poder que prefiere adornar uniformes antes que salvar vidas. Y una prensa que, en vez de contar la verdad, prefiere seguir siendo el órgano más obediente de la mentira.