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El ridículo eterno de un país miserable

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Por Jorge Sotero

La Habana.- La imagen es grotesca, pero no sorprende. Nancy Estrada Milanés, delegada del Ministerio de Turismo en Granma, empuñando un fusil como si fuera Rambo en versión tropical, es otra postal del teatro absurdo que monta el castrismo cada vez que necesita inventarse un enemigo externo para justificar su propio desastre. Una funcionaria del turismo —sí, del turismo— entrenándose para repeler un supuesto ataque de Estados Unidos, mientras la provincia que “representa” se cae a pedazos y no tiene ni pan ni jabón.

La escena provoca risa si no diera tanta pena. Una mujer que debería estar preocupada por hoteles vacíos, infraestructura destruida y un sector turístico en ruinas, aparece jugando a la guerra en medio del monte, repitiendo la misma película rancia de los años sesenta. El enemigo imperialista vuelve a desembarcar, pero solo en la imaginación febril de un régimen que necesita mantener a sus cuadros en estado de paranoia permanente.

Lo más insultante no es el arma ni la pose ridícula, es la mentira que hay detrás. Esa señora no sabe utilizar ese armamento y acudió al lugar por obligación. El cuento del ataque inminente sirve para disciplinar, para meter miedo, para exigir obediencia y para desviar la atención de lo esencial: el país está destruido por culpa de ellos mismos, no por un misil yanqui.

Mientras Nancy Estrada juega a la combatiente, los cubanos de a pie siguen librando la verdadera guerra: la de sobrevivir sin comida, sin luz, sin medicinas y sin futuro. Esa es la invasión real, la que no sale en los ejercicios militares ni en las fotos oficiales. El problema de Cuba no viene del norte; está adentro, vestido de verde olivo, con consignas viejas y con funcionarios que confunden la gestión pública con una comedia de mal gusto.

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