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El punto de ruptura o la crónica de un país que deja de creer

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Hay un momento en que el silencio dice más que todos los discursos, y otro en que las palabras dejan de ser susurros para convertirse en un coro que ya no teme al eco. Lo que la encuesta de News 360 retrata no es una simple insatisfacción; es la crónica de un divorcio final. Es el acta notarial donde un pueblo, calle a calle, de Pinar del Río a Holguín, firma su descreimiento. No son quejas dispersas; es un diagnóstico unánime: el paciente, que es la nación, ya no responde al tratamiento del relato oficial. La fiebre de la esperanza se rompió.

Los números, fríos y anónimos, siempre esconden rostros. Pero detrás de estos porcentajes abrumadores hay un herrero de Cienfuegos que ya no aguanta ver a su hijo estudiar a la luz de una vela; una enfermera en Holguín que vuelve a casa sin medicamentos para su madre; un joven en La Habana para quien la palabra «futuro» suena a chiste de mal gusto. La encuesta no midió opiniones políticas; radiografió el agotamiento físico y moral de una resistencia que ha sido explotada hasta la última gota. La frase que lo resume todo –»Esto ya demostró que no funciona»– no es un eslogan opositor; es la conclusión a la que se llega después de décadas de ver cómo se pudre el cableado de tu casa y se vacía la nevera.

Lo más revelador no es el rechazo, sino su lenguaje. La gente ya no habla de «errores» o «dificultades». Habla de una gestión «desconectada», «centrada en justificar». Es el vocabulario de quien se siente abandonado, no gobernado; de quien ve a sus autoridades como administradores de un declive, no como arquitectos de un progreso. En La Habana, epicentro del poder, la queja ya no es por la luz que se va, sino por la autoridad que nunca llega. Es la constatación de que el Estado ha dejado de ser una solución para convertirse en otro problema más, quizás el más grande.

La gente no espera soluciones, solo un milagro

Este sondeo es la prueba de que el control ya no controla lo esencial: la narrativa se les escapó de las manos. Durante años, el régimen cultivó el miedo al ruido, a la protesta visible. Pero lo que crece ahora es más silencioso y más peligroso: una resignación activa, un «ya no creo» masivo que socava cualquier autoridad moral. Es la paz de los sepulcros, pero del proyecto político. La gente ya no espera soluciones; espera, en el mejor de los casos, un milagro, y en el peor, el colapso definitivo que limpie la pizarra.

Por eso la pregunta que flota en el aire, recogida por los encuestadores, es la única que importa: ¿hasta cuándo? No es una pregunta ingenua. Es un ultimátum existencial. ¿Hasta cuándo podrá sostenerse un gobierno cuya principal habilidad es sobrevivir a su propia incompetencia? ¿Hasta cuándo la paciencia cubana, legendaria y abusada, seguirá siendo la principal aliada de sus verdugos? La encuesta no da la respuesta, pero señala el camino: la cuerda está tan tensa que el siguiente estirón puede venir de cualquier lado, de un apagón de veinte horas o de la mirada vacía de un niño preguntando qué hay para comer.

Al final, los datos de News 360 no son noticia; son el epitafio de una época. Confirman lo que todo el mundo sabía pero nadie con poder quería admitir: que en Cuba se gobierna contra la gente, no para la gente. Y que cuando la distancia entre el palacio y la realidad se hace insalvable, lo único que queda es el coro imparable de quienes, sin ponerse de acuerdo, han decidido dejar de aplaudir y empezar a contar, uno a uno, los días que faltan para el final de la función. El telón no cae por un gran gesto heroico, sino por el cansancio acumulado de millones de personas que un día, como hoy, alzaron la voz para decir, simplemente, «ya basta».

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