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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- La pregunta se repite como un mantra: ¿podría Cuba salir de la crisis si Estados Unidos levantara el bloqueo?
La respuesta, aunque incómoda para muchos, es clara: no, al menos no en las condiciones actuales. Y entender por qué nos obliga a ir al núcleo real del problema.
El pueblo cubano atraviesa hoy la peor crisis de su historia moderna. No hablamos de dificultades coyunturales ni de “resistencia heroica”, sino de colapso. Falta comida, falta combustible, falta electricidad, falta agua. Falta lo elemental para sostener la vida. Cuando un Estado no puede garantizar lo mínimo para que su población sobreviva, ha dejado de cumplir su función básica.
Ante este escenario, Estados Unidos, y no solo EE. UU., también la Unión Europea y otros actores internacionales, han sido claro en algo esencial; la ayuda está condicionada a cambios políticos mínimos, no a una conversión ideológica.
Se pide flexibilizar la economía, permitir participación real, reconocer a la oposición, liberar presos políticos y abrir espacios cívicos. Nada extraordinario. Es lo que se exige a cualquier país que aspire a apoyo serio y sostenido.
Aquí surge la pregunta clave: ¿Puede el régimen cubano hacer esos cambios?
La respuesta técnica es sí. Tiene el control total del aparato legal, económico y represivo. Podría liberar presos mañana mismo, autorizar partidos, abrir elecciones competitivas, permitir inversión sin intermediación militar, desmontar monopolios y crear garantías jurídicas. Todo eso está en sus manos.
Porque hacerlo implicaría perder el control absoluto del poder. Y el régimen ha demostrado, una y otra vez, que prefiere un país empobrecido, envejecido y despoblado antes que un país donde los cubanos decidan. Por eso la crisis no se resuelve. No es por falta de soluciones, ni por ausencia de ofertas, ni por imposibilidad externa. Se mantiene porque el sistema está diseñado para sobrevivir al pueblo, no para servirlo.
A esta incoherencia estructural se suma otra, casi grotesca. En su comparecencia de hace dos días, Miguel Díaz-Canel convocó a la “comunidad internacional” a unirse para luchar contra lo que llamó el “imperialismo fascista”, en referencia a Estados Unidos.
Sin embargo, el dictador pasó por alto una verdad elemental; la mayoría de los países a los que interpela son democracias. Son países donde existen elecciones libres, alternancia real en el poder, reconocimiento legal de la oposición, respeto al disenso, libertad de expresión, derecho de reunión y afiliación política sin represalias. Estados donde un gobierno puede perder elecciones y marcharse, algo impensable en Cuba desde hace más de seis décadas.
Resulta paradójico, y revelador, que un régimen de partido único, sin elecciones competitivas, sin prensa libre y con presos políticos, pretenda liderar una cruzada “antifascista” apelando precisamente a sociedades que funcionan sobre los principios que él niega sistemáticamente a su propio pueblo. No es una convocatoria contra el fascismo; es un intento de legitimar una dictadura usando el lenguaje de quienes no lo son.
Incluso si mañana se levantaran todas las sanciones, Cuba no estaría en condiciones de enfrentar la crisis. No existe un marco jurídico confiable, no hay seguridad contractual, no hay independencia judicial, no hay instituciones funcionales, ni confianza para atraer inversión sostenible.
El dinero que entrara se evaporaría, como ocurrió antes con los subsidios soviéticos y venezolanos.
Levantar el bloqueo no reconstruye una economía improductiva, no crea infraestructura, no estabiliza la red eléctrica ni garantiza distribución eficiente de alimentos. Sin reformas profundas, solo serviría para oxigenar al aparato de poder y prolongar la agonía.
La verdad es incómoda pero necesaria. El problema de Cuba no empieza en Washington. Empieza cuando el poder se impone por la fuerza, se niega la alternancia y se convierte al ciudadano en rehén. El régimen puede cambiar el estado de las cosas, pero cambiarlo significaría dejar de ser lo que es. Y eso, para ellos, sigue siendo inaceptable, aunque el pueblo literalmente se esté muriendo.