Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Tomado de Datos Históricos
La Habana.- En las cocinas de la Inglaterra medieval existió un animal hoy desaparecido, criado no para cazar ni para acompañar, sino para trabajar sin descanso frente al fuego.
Se lo conocía como el perro de asador giratorio.
Pequeño, de patas cortas, cuerpo alargado y hocico fino, este perro fue seleccionado durante generaciones con un único objetivo: hacer girar la carne mientras se asaba. Su lugar no estaba junto a la mesa, sino en una rueda instalada en la pared, similar a la de un hámster. Al correr dentro de ella durante horas, accionaba el mecanismo que rotaba el asador frente a las llamas.
En una época en la que la cocina dependía del fuego abierto, estos perros eran considerados herramientas vivas. Eran criados, entrenados y valorados por su resistencia más que por su bienestar. En días fríos, se les lanzaban brasas dentro de la rueda para obligarlos a correr más rápido. No eran mascotas. Eran parte del equipamiento.
Uno de los pocos restos conservados muestra lo extraña que era esta raza: diminuta, de aspecto casi vulpino, muy distinta a cualquier perro moderno.
Con la llegada del siglo XIX, la tecnología cambió la cocina. Los asadores mecánicos y los nuevos hornos volvieron innecesario su trabajo. Sin función, el perro de asador giratorio perdió su razón de existir. La reina Victoria, sensible al trato hacia los animales, adoptó algunos ejemplares retirados, pero fue un gesto tardío.
La raza se extinguió lentamente. Algunos historiadores creen que pudo mezclarse con otras razas pequeñas, y que quizá una parte de su herencia sobreviva en perros modernos como los corgis. No hay certeza.
Lo que sí quedó atrás fue una idea hoy impensable: animales criados exclusivamente como electrodomésticos de cocina.
El perro de asador giratorio no murió en una batalla ni en una epidemia. Desapareció cuando el mundo dejó de necesitarlo.
Y con él, se fue una silenciosa lección sobre cómo la utilidad puede definir —y borrar— una vida.