Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Yeison Derulo
Sancti Spíritus.- Lo ocurrido en Trinidad durante la visita de Mike Hammer, embajador de Estados Unidos en Cuba, vuelve a mostrar el rostro más decadente de los llamados “actos de repudio”. Esta vez no se trató de agentes anónimos, el protagonismo se lo llevó un profesor de Matemática de una escuela secundaria básica, alguien que en teoría debería encarnar valores cívicos, pensamiento crítico y respeto. El hecho de que la agresión se produjera a la salida de una iglesia añade un componente simbólico aún más perturbador.
Que un docente, de nombre Mario, participe activamente en un acto de hostigamiento político revela hasta qué punto el sistema ha corroído espacios que deberían estar a salvo del fanatismo ideológico. La escuela, lejos de ser un refugio para el conocimiento y la ética, se convierte así en una extensión del aparato de intimidación del Estado. No es un gesto espontáneo de “convicción revolucionaria”, sino la repetición mecánica de una violencia aprendida y normalizada.
Resulta especialmente grave que estas conductas se justifiquen bajo el discurso del patriotismo o la soberanía. Agredir a un diplomático, rodearlo con gritos y empujones, no es defender a Cuba ni a su pueblo; es exhibir inseguridad, miedo y una profunda falta de argumentos. Cuando el régimen necesita que profesores, médicos o artistas actúen como fuerzas de choque, queda claro que su legitimidad hace tiempo se agotó.
Además, estos actos tienen consecuencias que rara vez se discuten: ¿qué tipo de ejemplo se les da a los estudiantes cuando su maestro participa en una agresión política? ¿Qué lección moral se transmite cuando el odio y la obediencia sustituyen al respeto y al diálogo? El daño no es solo inmediato, es estructural, y se proyecta sobre generaciones formadas en la intolerancia.
Lo ocurrido en Trinidad no habla de un individuo aislado, sino de un sistema que empuja a ciudadanos comunes a convertirse en verdugos simbólicos para sostener una narrativa en ruinas. Los actos de repudio no son demostraciones de fuerza, sino confesiones públicas de debilidad. Y cada vez que uno de ellos ocurre, el régimen pierde un poco más de la máscara que intenta conservar.