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Por Max Astudillo ()

La Habana.- De repente, como por arte de magia diplomática, la comunidad internacional «descubre» una crisis humanitaria en Cuba. Gobiernos y políticos que por décadas han pactado con la dictadura, fotografiándose sonrientes en La Habana mientras negociaban contratos ventajosos o intercambiaban gestos ideológicos, han encontrado en las últimas medidas de presión de Donald Trump el pretexto perfecto para rasgarse las vestiduras.

Su preocupación no es un acto de solidaridad; es un ajuste de cuentas geopolítico, un guión hipócrita donde el sufrimiento real del pueblo cubano es solo un decorado útil para su teatro de denuncia selectiva.

La pregunta que estalla, incómoda y necesaria, es: ¿dónde estaban estos mismos gobiernos y figuras políticas cuando la tiranía castrista llevaba a cabo su represión cotidiana y metódica? ¿Dónde estaban sus declaraciones de emergencia cuando jóvenes como los del Movimiento San Isidro o las Damas de Blanco eran encarcelados, golpeados o exiliados simplemente por pensar diferente?

Su silencio entonces no fue neutralidad; fue complicidad. Era más rentable y diplomáticamente conveniente cerrar los ojos a los presos políticos —cuyos nombres ellos nunca se molestaron en aprender— que perturbar los beneficios de un diálogo cómplice con el régimen.

Hipocresía total

¿Y qué decir de su ausencia moral durante las crisis crónicas que han definido la vida cubana? ¿Dónde estaban sus pronunciamientos cuando las familias pasaban 20 horas diarias sin electricidad, cuando las madres recorrían farmacias vacías buscando un antibiótico -como aún ocurre ahora-, o cuando la libreta de racionamiento se convirtió en un certificado de hambre administrada?

El castrismo ha llevado a cabo, durante 67 años, un experimento de miseria planificada. Esos mismos gobiernos que hoy lloran por el «asedio» conocían cada dato. Prefirieron culpar a un embargo externo —que ellos mismos esquivan con sus negocios— antes que señalar al verdadero arquitecto del desastre: la ineptitud criminal y el saqueo sistemático de una élite que solo vela por la fortuna de la familia Castro y su corte de generales empresarios.

La hipocresía alcanza su cenit histórico cuando se recuerda el baño de sangre fundacional de la dictadura. ¿Dónde resonaba la voz de estos «aliados» cuando el régimen fusiló a miles de cubanos en las paredes de La Cabaña, o en la Loma de San Juan, cuando expulsó a curas y obispos, cuando forzó al exilio a intelectuales, artistas y cualquier ciudadano que osara albergar una idea propia?

Su memoria selectiva borra esos crímenes, como si la represión fuera un pecado venial de un pasado lejano, y no el ADN mismo de un sistema que sigue operando con la misma lógica totalitaria. Defienden hoy a la misma maquinaria que, desde su origen, se nutrió del fusil, el destierro y el miedo.

Apoyar al gobierno cubano es traición

Por tanto, esta súbita ola de «preocupación» internacional no es más que un ejercicio de cinismo geopolítico. No les importa Cuba; les importa utilizar a Cuba. Es la reacción de quienes ven peligrar sus inversiones en el monopolio militar, sus acuerdos ideológicos con un régimen moribundo o su narrativa antiestadounidense de ocasión.

Su indignación no nace de los hospitales en ruinas, sino de los despachos donde calculan cómo la presión de Trump puede alterar sus intereses. Son los mismos que, mientras condenan el «bloqueo», nunca propusieron una resolución en la ONU contra el bloqueo interno que el castrismo impone a las libertades de su pueblo.

En consecuencia, la verdadera solidaridad con Cuba no vendrá de esos salones hipócritas. Vendrá del reconocimiento crudo de una verdad: la crisis humanitaria no la creó Trump; la han cultivado, año tras año, los Castro y su camarilla. La solución no pasa por aflojar la presión sobre la dictadura, sino por aumentarla hasta quebrar su capacidad para seguir secuestrando a una nación.

Cualquier gesto internacional que no tenga como objetivo final el desmantelamiento de este régimen no es compasión, sino una nueva traición al pueblo cubano, condenándolo a más décadas de miseria y silencio. El mundo que hoy se «preocupa» debería, en lugar de hablar, avergonzarse de su largo y lucrativo silencio.

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