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En 1555, la ciudad de Génova fue escenario de un relato que se propagó por Europa como prueba de lo inexplicable.
Las crónicas hablaban de una mujer francesa que habría dado a luz a una criatura descrita como monstruosa: un cuerpo con rasgos masculinos y femeninos fusionados, vísceras visibles y un rostro doble que recordaba a Jano, el dios romano de las dos caras.
¿Milagro? ¿Castigo divino? ¿Señal apocalíptica?
En el siglo XVI, los nacimientos considerados “prodigiosos” no se interpretaban como fenómenos médicos. Se leían como mensajes. Advertencias. Portentos.
La historia fue recogida por Ulisse Aldrovandi, naturalista boloñés nacido en 1522. Durante décadas recopiló relatos, dibujos y testimonios sobre criaturas extraordinarias. El resultado fue su obra Monstrorum Historia, un vasto catálogo de seres que oscilaban entre la observación científica y la imaginación colectiva.
En sus páginas convivían malformaciones reales con figuras imposibles: hombres sin cabeza, híbridos humanos y animales, criaturas marinas con vestimentas episcopales. No todo era verificado. No todo era creído.
El propio Aldrovandi admitía sus dudas. Pero persistía.
Porque en el Renacimiento, la frontera entre ciencia, mito y fe aún no estaba claramente definida. La curiosidad no distinguía con precisión entre evidencia y asombro. Registrar lo extraordinario era una forma de explorar los límites de la naturaleza.
Hoy, relatos como el de Génova se interpretan desde la medicina: posibles casos de malformaciones congénitas graves, gemelos unidos o condiciones intersexuales extremas. Lo que antes se leía como prodigio o monstruosidad, hoy se analiza como fenómeno biológico.
Sin embargo, el impulso que llevó a Aldrovandi a documentarlo sigue intacto.
El ser humano no solo teme lo que rompe el orden natural. También lo estudia. Lo dibuja. Lo archiva.
Porque cada vez que algo desafía nuestra comprensión, surge la misma reacción que hace cinco siglos: Asombro. Y la necesidad de entender.