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El mar que se los llevó… y los devolvió

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Salieron a dar un paseo entre islas. Y terminaron navegando hacia el límite de la vida.

Filo Filo, Etueni Nasau y Samu Pelesa tenían 14 y 15 años. Vivían en las islas Tokelau, un pequeño archipiélago de Nueva Zelanda donde moverse en pequeñas embarcaciones entre islas es algo cotidiano, casi rutinario.

El 5 de octubre de 2010 zarparon por la mañana en un velero sencillo. Querían sorprender a unos amigos en una isla cercana. Un trayecto corto. Conocido. Inofensivo.

Pero el océano no siempre respeta la rutina.

Poco después de alejarse de la costa, el viento se levantó con fuerza. Las corrientes los empujaron mar adentro. Perdieron de vista la tierra. Perdieron el rumbo. Y perdieron toda referencia. Y el mar se los llevó.

Tenían veinte cocos a bordo. Los comieron en dos días.

Luego sobrevivieron como pudieron.

Recogían agua por la noche cuando el aire era más húmedo. Capturaban peces y aves marinas con las manos y con improvisación. Esperaban la lluvia como si fuera un milagro. A veces no llovía durante días.

Mientras tanto, en tierra, los buscaban.

Un mes después, sin noticias, la comunidad asumió lo peor. Quinientas personas, casi un tercio de toda la población de Tokelau, asistieron a una ceremonia en su memoria. Los dieron por muertos.

En el mar, los chicos estaban cada vez peor. Sin agua. Sin comida. Quemados por el sol, debilitados, desorientados. Empezaron a beber agua de mar, un gesto que suele aparecer cuando el cuerpo ya no puede sostenerse mucho más. La muerte estaba cerca.

Entonces ocurrió lo improbable. Un barco pesquero los vio a la deriva entre Samoa y Fiyi, a más de 800 kilómetros de su hogar.

Los tres seguían con vida.

Los rescataron, los llevaron a un hospital en Fiyi y luego de regreso a Tokelau. Habían pasado cincuenta días perdidos en el océano. Cincuenta días de hambre, sed, miedo y resistencia. Y 50 días en los que nadie esperaba que sobrevivieran.

No fue suerte solamente. Fue una combinación de instinto, cooperación, calma en el caos y una voluntad que se negó a soltarse.

Vivieron para contarlo. Y por eso su historia no es solo un accidente. Es una lección silenciosa sobre lo frágiles que somos frente al mar… y lo increíblemente fuertes que podemos ser cuando no nos rendimos.

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